‘CARTAS A MARÍA’: Recuperar la memoria

Cartas a maria

El primer largometraje documental de Maite García Ribot es un emotivo viaje al pasado en la que la directora indaga sobre la enigmática figura de su abuelo, un exiliado republicano que nunca regresó y de cuya existencia, tras cruzar la frontera francesa, apenas tiene información, salvo las cartas que envió desde el exilio a su abuela María.

Jacques Austerlitz, el protagonista de la novela Austerlitz de W. G. Sebald, es un hombre en cierta manera marcado por un pasado que, al mismo tiempo, ha tratado de eludir durante parte de su vida. Hasta que una noche, tras una serie de sensaciones y vivencias, al acostarse, su cabeza comienza a dar vueltas dejándose llevar por unas imágenes que vienen a su mente. «Durante aquellos sueños, dijo Austerlitz, había sentido detrás de sus ojos cómo las imágenes, que habían sido de una impresionante proximidad, salían literalmente de él, pero, después de despertar, apenas podía retener siquiera su contorno. Me di cuenta entonces de qué poca práctica tenía en recordar y cuánto, por el contrario, debía de haberme esforzado siempre por no recordar en lo posible nada y evitar todo lo que, de un modo o de otro, se refería a mi desconocido origen» (Anagrama, 2002, pág. 142). De una manera u otra, Austerlitz, que siempre se ha sentido un ser extraño, en sus sucesivos encuentros con el narrador (el propio Sebald), le va relatando su historia, y como esa noche será, en cierta manera, el detonante que le impulse, junto con una emisión de radio que de manera fortuita escucha en una librería, a indagar en sus verdaderos orígenes, esos que se han quedado ocultos por los recuerdos posteriores que de su niñez mantiene, cuando es adoptado por un predicador galés y su esposa.

Sin embargo, muchas páginas antes, por boca de Austerlitz, Sebald apunta: «…cuántas cosas y cuánto caen continuamente en el olvido, al extinguirse cada vida, cómo el mundo, por decirlo así, se vacía a sí mismo, porque las historias unidas a innumerables lugares y objetos, que no tienen capacidad para recordar, no son oídas, descritas ni transmitidas por nadie…» (ibidem, pág. 28). Quizá por eso mismo, en ese proceso de recuperar la memoria surge esa necesidad de visitar los lugares o escudriñar las viejas fotografías que aún se conservan, de ver si queda algún vestigio del pasado en ese paisaje del presente o de explorar con lupa ese instante del pretérito congelado, porque hay gestos, ademanes o posibles objetos que puedan dar una mínima pista, porque también los objetos, que a su manera han sido “vividos”, reflejan algo sobre su propietario, al igual que le sucede a Maite García Ribot, cuando encuentra los aviones de juguete o halla y examina al detalle las últimas fotografías que hizo su abuelo a los suyos. Fotografías en las que su padre es tan solo un niño de dos años de edad, o en esa otra que, ya en el exilio, el abuelo manda a la familia y en la que aquel pasea junto con dos amigos por las calles de Toulouse.

Porque desde muy niña, según confiesa Maite García Ribot en voice over, le inquietaban las escuetas respuestas que recibía de su padre, Flores, cuando preguntaba por los abuelos y a las que seguía un largo silencio, un silencio que ha gravitado a lo largo de su vida. Hasta que, tres décadas después decide indagar en el pasado, saber que es exactamente lo que ocurrió a partir de la escasa información que le proporcionan unos pocos enseres personales, como esa vieja caja que guarda 46 cartas que su abuelo mandó a su abuela María, una correspondencia que «estuvo oculta durante más de 70 años entre los libros de mi tío Pedrín» y que le darán unas pistas iniciales sobre la vida de su abuelo en el exilio. Ya la primera carta contiene una primera clave, fue enviada desde el Campo de Septfonds. Después comienzan a surgir más datos, como que cruzó la frontera el 10 de febrero de 1939 junto con su hermano Cayetano, en el mismo día en que la cruzaba la División Durruti. Después un carnet de la CNT con su nombre, Pedro García León, descubriendo que roza los cuarenta años de edad cuando tienen lugar aquellos acontecimientos y que es anarquista. Más tarde, unas pocas fotografías familiares que la realizadora escudriña haciendo del objetivo de su cámara una lupa, observando cada mínimo detalle, porque en ellas aparece su padre, Flores, que tiene dos años de edad, y el hermano de aquel, su tío Pedrín, algo más mayor. Fotografías que marcan la despedida, que será la definitiva, aunque en aquellos instantes ninguno lo pudiera presagiar, pero que significarán el testimonio de la ultima vez que María y sus hijos verían a Pedro. Una ausencia que abriría un «vacío en la memoria familiar. Una rendija por la que se colaría la fantasía y la épica» como expresa la directora en un momento dado.

El abuelo cruzó la frontera francesa por Bourg-Madame, mientras su mujer y sus dos hijos se quedan a la espera en Gérgal, un pequeño pueblo de Almería. Y al mismo tiempo, mientras la directora trata de recuperar la memoria familiar, aparece la enfermedad de su padre que comienza a borrar la suya propia, lo que hace más dificil rescatar la historia de la familia. Y con el hallazgo de esas cartas ocultas durante setenta años que resucita la historia de los abuelos «quizá a mi padre le volvió aquel recuerdo tan lejano de su infancia y le llegó una especie de urgencia por hacer algo que tenía pendiente y por hacerlo antes de que se le olvidara» y por ello quiso viajar a Francia a buscar la tumba de su padre. A partir de ahí, la directora inicia un periplo personal recorriendo los diversos lugares por los que pasó su abuelo, como Toulouse, donde trabaja en una fábrica de aviones de guerra y a quien, más tarde, las vicisitudes de la guerra y la necesidad le llevarán a trabajar para el ejército nazi.

Cartas a María es un ejercicio intimista en el que Maite García Ribot combina las imágenes de su propio itinerario, siguiendo el rastro de su abuelo por los lugares en los que aquel vivió y entrevistándose con los hijos de exiliados españoles quienes aún siguen buscando indicios para reconstruir la historia sus padres, con imágenes de archivo sobre el exilio, imágenes que alterna con intertítulos en los que reproduce algunos fragmentos de las cartas. Un sugerente y emotivo viaje que recupera la memoria, la de Pedro García León, el abuelo de la directora, pero también la de todos aquellos que vivieron el drama del exilio.

Carlos Tejeda
·  Artículo publicado en el suplemento cultural It’s Playtime [27 noviembre, 2015]

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