El peso de la memoria

La pasajera (Pasażerka, 1963), un film de Andrzej Munk.

Una de las circunstancias que marcó el resultado final de La pasajera fue la repentina muerte de su director, Andrzej Munk, en un accidente de tráfico, el 20 de septiembre de 1961, cuando todavía no había concluido el rodaje. A partir del guión y de las notas que dejó escritas, Witold Lesiewicz, estrecho colaborador del cineasta, finaliza la película utilizando el recurso de la foto–fija para recrear las secuencias que quedaron sin rodar, con una estrategia similar a la que utilizó Chris Marker en La Jetée (1962). Las partes reconstruidas corresponden al presente, al viaje en trasatlántico, “una isla en el tiempo donde el pasado y el futuro apenas existen” como recuerda una voz masculina en off. Allí, en una escala en un puerto inglés, Lisa (Aleksandra Slaska), una mujer alemana que disfruta del crucero, cree reconocer en una pasajera que sube al barco a Marta (Anna Ciepielewska), una prisionera política polaca que tuvo a su cargo cuando fue supervisora de las SS en el campo de Auschwitz. El encuentro le provoca una repentina avalancha de recuerdos que se muestran en imagen en movimiento, es decir, lo que Munk había rodado antes de su fallecimiento y que está estructurado en dos bloques. Dos flahsbacks, pero ahora con la voz en off de Lisa, y que son, en realidad, sus dos versiones diferentes de los hechos que, al terminar el visionado del film, acabarán siendo complementarias. Dos versiones así mismo impregnadas con ese carácter fragmentario e impreciso que poseen la memoria y los recuerdos.

La primera versión es la que Lisa le cuenta a su marido, presentándose casi como una víctima más de las circunstancias, aunque estuviese en el lado de los vigilantes. Allí, en el campo, un día, conoce a Marta a quién, por un sentimiento de compasión, le permite algunas concesiones como facilitarle los encuentros con su prometido, Tadeusz (Marek Walczewski), otro prisionero político, o procurarle atención cuando cae enferma. Sin embargo, la segunda versión es la que Lisa se relata a sí misma y en la que pone de manifiesto no sólo su propia ambición, que es lograr un ascenso con su correspondiente traslado, sino sus maquiavélicas maniobras para someter a Marta. “Cuando sabes lo que es importante para otro, y tienes la facultad de dárselo o quitárselo, te conviertes en su amo”, expresa en un momento dado en off. Y ello es el amor que Marta profesa a Tadeusz, algo que la oficial no puede impedir, pero que observa con recelo, porque ella  mismo lo anhela y sin embargo no lo tiene, a pesar de estar al otro lado de las alambradas.

La pasajera es un film modélico en el que Munk concibe una representación inusual de los campos de exterminio con una sobriedad estremecedora, desde la puesta en escena o la utilización del blanco y negro, hasta la articulación de la propia historia a través de la sugerencia, de las miradas, de los rostros, y que, entre otras particularidades, esta narrada desde el punto de vista del verdugo y no del de la víctima como ha sido habitual en muchas producciones sobre el Holocausto. Secuencias como aquella en la que Lisa contempla desde la alambrada a un soldado sobre un tejado que vierte una lata de Zyklon B por el conducto de una de las cámaras de gas a la que es conducido, al mismo tiempo, un grupo de mujeres y niños; o esa otra, cuando Tadeusz le regala a Marta su medalla durante el concierto al aire libre que da un grupo de prisioneros entregado en cuerpo y alma a la interpretación de una pieza Bach que suena algo desafinada, aunque quizá eso sea lo de menos.

Carlos Tejeda
10 de octubre, 2013

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