La Sortie des usines Lumière à Lyon

Andrei Tarkovski y Eric Rohmer tenían razón cuando decían que las películas de los hermanos Lumière ejemplarizan la verdadera naturaleza del cine y que es su cualidad de aprehender la realidad. Pero ¿hasta que punto? Porque la realidad es manipulable. Y el visionado de las tres versiones existentes de La Sortie des usines Lumière à Lyon (1895) viene a confirmarlo. Si uno se entrega a un ejercicio de relectura similar al que propone José Luis Guerin en Tren de sombras (1997) o como realiza Thomas con sus fotografías tomadas en un parque londinense en Blow up (Michelangelo Antonioni, 1966), descubre que, bajo ese aparente registro de situaciones cotidianas al que se entregaron los dos hermanos, había mucho más que una simple filmación. La eterna discusión entre realidad y ficción dentro del documental ya la habían puesto en juego, quizá sin pretenderlo, incluso de manera inconsciente, porque hay quienes consideran La Sortie des usines Lumière à Lyon el primer film que inaugura éste género –se supone que se refieren a las tres versiones. Y si no es así ¿cuál de ellas?–.

Sea como fuere, la primera impresión que surge tras un primer vistazo es que son tres escenas preparadas, algo que se confirma tras visionarlas con más detenimiento. Auguste y Louis estaban asentando de manera involuntaria el proceso del rodaje. En la primera versión los operarios salen de forma desordenada, apelotonada, incluso atropelladamente, tropezándose los unos con los otros cuando toman diferentes direcciones. Además de un perro que, quizá sorprendido por el ajetreo, sale y entra del encuadre en diferentes ocasiones. Y en medio de esa agitación, la salida de un carruaje que por un instante ocupa casi la totalidad de la pantalla.

En la segunda versión, incluso se le podría llamar toma, la cámara está situada más cerca de la puerta de la fábrica. Ésta vez parece que se ha establecido un poco más de orden, aunque los hay que aún se tropiezan con sus compañeros lo que da la sensación de que todavía no tienen muy claro el plan por donde deben ir. Y de nuevo el perro, y el enorme carruaje que cuando sale del edificio vuelve a dejar la pantalla, en una fracción de segundo, casi en negro. En la tercera versión los hermanos parecen haberse percatado de más detalles, como el hecho de que la propia duración de la bobina, de menos de un minuto, implica una sincronización mayor con los empleados que, esta vez, no sólo salen con más orden, sino de una forma más pausada y natural. Y el perro, en esta ocasión, sale del interior de la fábrica junto con los propios trabajadores hasta desaparecer por un lado del encuadre, aunque al final vuelva a hacer acto de presencia al dirigirse hacia la puerta que se cierra. Además, los hermanos han prescindido del carruaje.

Eso sí, en los tres filmes, o tomas, todos los trabajadores salen con sus mejores galas del domingo. Quizá porque la ocasión lo merecía. Y tampoco importa. Al fin y al cabo ¿quienes en esa época les iban a discutir a los Lumière sobre como hacer cine?

Carlos Tejeda

· Las tres versiones aquí

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