UN ESPÍRITU INDEPENDIENTE

Centenario de Robert Rossen
(16 de marzo, 1908 – 16 de febrero, 1966)

“El olvido, ese viejo remedio de la miseria humana” que dijo Alfred de Musset, ha envuelto la figura del guionista y realizador Robert Rossen, al igual que muchos otros creadores de talento. Un director cuya agitada peripecia vital, marcada por la tristemente célebre caza de brujas, no le permitió firmar más allá de una docena de guiones y dirigir tan sólo diez películas. Exigua filmografía, salpicada por varios proyectos frustrados, que se cerró tempranamente a causa de su prematura muerte a los 57 años de edad en 1966.

Pero ello no fue óbice para que Rossen rodase una serie de excelentes películas que pusieron de manifiesto su gran capacidad creativa, elevándole a la categoría de autor. De hecho se convertiría en uno de los primeros directores que, desde un principio, revindicarían su espíritu independiente, lo que le ocasionó no pocos problemas con los estudios. Largometrajes —una parte de ellos escritos por el propio Rossen[1]— que reflejaron, de una manera u otra, su dramática experiencia bajo el yugo del maccarthysmo, trazando lúcidas reflexiones que giran en torno al poder y a las oscuras artimañas que emplea el hombre para obtenerlo. Encarnizada lucha en la que sus personajes acabarán sacudidos por sus conflictos morales y devorados, algunos de ellos, por su propia ambición.

Tras escribir una serie de guiones –The roaring twenties (Raoul Walsh, 1939); The sea wolf (Michael Curtiz, 1941) o The strange love of Martha Ivers (Lewis milestone, 1946)-, Rossen se pone tras la cámara por primera vez con Johnny O’Clock (1947) un film noir interpretado por Dick Powell obteniendo un cierto éxito que le permitió afrontar su siguiente título, también bajo los parámetros del cine negro: la excelente Cuerpo y alma (Body and Soul, 1947), historia de un joven boxeador de origen humilde, cuyos deseos de fama y dinero colisionarán contra un mundo corrupto que, movido por sus intereses, recurre a las más turbias maniobras. Pero el gran éxito comercial de la película acabó empañado, poco tiempo después, por el comité de actividades antiamericanas, formado ese mismo año, cuando llamó a comparecer al propio Rossen, a John Garfield, su protagonista, y Abraham Polonsky, el guionista, circunstancias que afectaron trágicamente a sus respectivas carreras.

A pesar de ello, el director neoyorquino concibe su siguiente película, El político (All the king’s men, 1949), intenso relato sobre el ascenso de un político de provincias cuya moral se irá emponzoñando a medida que va alcanzando el éxito. El film ganó el oscar a la mejor película, al mejor actor, Broderick Crawford —que protagonizaría más tarde títulos de la altura de Deseos humanos (Fritz Lang, 1954) o Almas sin conciencia (Il bidone, Federico Fellini, 1955)— y a la actriz de reparto Mercedes McCambridge [2]. Galardones que suponían un reconocimiento hacia el director por parte de la industria pero que no evitaron que Rossen volviese a ser citado de nuevo ante los funestos tribunales del senador MacCarthy, tras haber rodado en Méjico un título menor The brave bulls (1951) ambientado en el mundo taurino.

Incluido en la Lista negra, lo que le llevó a un calvario marcado por los problemas económicos debido a la falta de trabajo, el director se ve abocado a un exilio que le conducirá a Europa. Periplo de seis años en el que rodará el melodrama alimenticio Mambo (1954) con Silvana Mangano y Vittorio Gasmann encabezando el reparto, Alejandro Magno (Alexander the great, 1956), de nuevo una reflexión sobre el poder y sus entresijos que contó con Richard Burton en el papel del conquistador macedonio y La isla del sol (Island in the sun, 1957) discreto melodrama interpretado por James Mason.

A su regreso a los Estados Unidos emprende una película ambientada en la revolución mejicana, Y llegaron a Cordura (They came to Cordura, 1959) no sin pocas amarguras debido, entre otras cosas, a la mutilación que sufrió el filme además de sus desacuerdos con el productor, algo que Rossen ya había sufrido en trabajos anteriores. El comandante Thomas Thorn (Gary Cooper) y sus hombres viajan a Cordura escoltando a Kay (Rita Hayworth), propietaria de un rancho que acaban de reconquistar, para juzgarla por colaborar con el enemigo. Pero Thorn, que arrastra un turbio pasado a sus espaldas por un acto de cobardía, se halla ante el dilema de escoger entre sus subordinados al merecedor de una condecoración. Soterrada insinuación sobre la caza de brujas en un film irregular que no fue bien recibido en taquilla.

Sin embargo los dos siguientes largometrajes de Rossen serán dos indiscutibles obras maestras. El buscavidas (The hustler, 1961) que relata la peripecia de Eddy Felson -papel que lanzó al Paul Newman al estrellato-, un arrogante jugador de billar que se dedica a desplumar a todo aquel que se enfrente a él. Pero su desmedida ambición por ser el mejor le lleva a enfrentarse al experimentado Gordo de Minnessota (espléndido Jackie Gleason) sin importarle el precio que tenga que pagar por ello, incluido el amor por una mujer (Piper Laurie). Agria parábola en la que el cineasta vuelve a retratar la miseria de la naturaleza humana y sus conflictos morales en la penumbra de sórdidas salas de billar.

Enfermo, Rossen aún tiene fuerzas para escribir y filmar un nuevo título con el que da un giro radical a su filmografía: Lilith (Lilith, 1964) en la que, lejos de su temática habitual, narra la historia de Vincent (Warren Beatty), un joven que por su intención de ser útil a los demas entra a trabajar en un sanatorio mental y cuya atracción por una de las internas, Lilith (Jean Seberg), le arrastrará hacia la locura. Brillante filme en el que el director vuelve a radiografiar las entrañas del ser humano y sus disyuntivas emocionales a través de unos personajes que navegan entre el deseo y la culpa.

Pero Lilith se convirtió en el testamento fílmico de un hombre devorado por el dolor. Y no sólo por el físico, consumido por la enfermedad en sus últimos años, sino también el psíquico. Ese que le provocaron sus amargos recuerdos de su paso por los tribunales y que le acompañaron durante la mayor parte de su vida.

Carlos Tejeda
Copyright La hija de Laughton S.L. (Kane3)

NOTAS

[1] Guiones enteramente suyos dirigidos por él mismo fueron Johnny O”Clock, basado en un argumento de Milton Holmes; El político, según la novela de Robert Penn Warren; Alejandro Magno y Lilith, a partir del libro de J. R. Salamanca. En colaboración con Ivan Moffat escribió They came to Cordura basada en una novela de Glendon Swarthout y con Sidney Carroll concibió el libreto de El buscavidas basado en el relato de Walter Tevis.Salvo Mambo, cuya escritura compartió con Ivo Perilli, Guido G. Rosson y Ennio de Concini basados en un argumento de éste último, el resto de sus películas fueron guiones ajenos: Abraham Polonsky firmó el de Cuerpo y alma, John Bright, basado en la novela de Tom Lea, el de The brave bulls y Alfred Hayes, según el libro de Alec Waugh, el de La isla del sol.

[2] All the king”s man fue el primer papel de Mercedes McCambridge (1916-2004) para el cine, una actriz que, a pesar de no haberse prodigado demasiado en la gran pantalla, participó en algunos clásicos como Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954), Gigante (George Stevens, 1957), Sede de mal (Orson Welles, 1958) o De repente el último verano (J. L. Mankiewicz, 1959).

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