“INTERSTELLAR”: Los tres actos del efecto de la magia

Con Interstellar, Christopher Nolan vuelve a confirmar no solo su inconformismo como creador que le lleva a una continua búsqueda dentro de la expresión cinematográfica, sino que pone de manifiesto una cada vez más patente vocación humanística que le acerca a cineastas de la talla de Terrence Malick, Stanley Kubrick o Andrei Tarkovski.

“No entres dócilmente en esa buena noche,
la vejez debe arder y delirar al final del día;
Rabia, rabia, contra la luz en su agonía.”
Dylan Thomas

Quizá porque El truco final (El prestigio) (The prestige, 2006) se trataba de una película sobre prestidigitación, pero también porque en cierto modo a Christopher Nolan gusta del placer de jugar, que como todo buen creador tiene mucho de prestidigitador, puso en boca de Michael Caine la teoría sobre los tres actos del efecto del truco de magia en aquel film: “La primera parte es la presentación. El mago muestra algo ordinario: una baraja de cartas, un pájaro o una persona. El mago lo exhibe. Os puede invitar a que lo examinéis para que veáis que no hay nada raro. Que todo es normal. Pero claro, probablemente no sea así. El segundo acto es la actuación. El mago con eso que era ordinario consigue hacer algo extraordinario. Entonces intentaréis descubrir el truco pero no lo conseguiréis porque en el fondo no queréis saber cual es. Lo que queréis es que os engañe. Pero todavía no aplaudiréis. Que hagan desaparecer algo no es suficiente. Tienen que hacerlo reaparecer. Por eso todo efecto mágico consta de un tercer acto, la parte más complicada. Este acto es el prestigio”.

Palabras que, también en cierta manera, pueden servir para trazar un apunte inicial sobre su estilo y su modo de concebir el cine. Con ello no se pretende afirmar que Interstellar sea un simple juguete, un producto comercial al uso que sigue las pautas impuestas por la gran industria o que Nolan haya concebido una película para aumentar sus ingresos. Sino que el mismo ha vuelto a aplicar la teoría de los tres actos, como ha venido haciendo en sus anteriores películas, dando un paso más allá de Origen (Incenption, 2010) en cuanto a intenciones y contenido. Porque si bien a lo largo de su filmografía, siempre ha combinado espectáculo y aventura con planteamientos de mayor calado (las fisuras del héroe, los conflictos éticos y morales, el mundo del subconsciente y de los sueños, etc.), estos alcanzan en Interstellar una densidad más profunda y compleja, aunque una vez más haya contado con un enorme presupuesto que, unido a su talento, le ha permitido diseñar el film que deseaba, es decir, una indagación en el ser humano pero con un despliegue visual apabullante.

Cierto que las influencias de otros autores son algo lógico e inherente en cualquier creador, como también en muchas ocasiones sirven como fuente de inspiración a la hora de concebir un proyecto. No hay más que leer, por ejemplo, Las cartas a Theo de Vincent Van Gogh para comprobar como el pintor acudía a las exposiciones de sus coetáneos impresionistas para observar como resolvían los problemas de luz, de color o de composición, los mismos a los que él se enfrentaba cuando pintaba sus lienzos. Y Nolan tampoco es una excepción. Interstellar está impregnada de esas influencias, aunque muy determinadas y en una misma línea estética y conceptual. Las de unos cineastas que tienen en común una dimensión humanista que les ha impulsado a reflejar en la pantalla sus preocupaciones sobre los enigmas de la existencia que, en sus respectivos casos, se expanden más allá de la aventura, al igual que sucede en el film de Nolan. Y de cada uno de esos cineastas precisamente un título en concreto: El árbol de la vida (The tree of life, Terrence Malick, 2011), 2001: Una odisea del espacio (2001: A space odyssey, Stanley Kubrick, 1968) y Solaris (SolyarisAndrei Tarkovski, 1972) compartiendo Interstellar con estas dos últimas su carácter de space opera.

Pero si algo tienen en común los cuatro largometrajes no solo es la envergadura de su propuesta, tanto en su nivel conceptual como en el estético, sino en su vocación por ahondar precisamente en las cuestiones existenciales. Si bien los influjos del film de Malick son más patentes en la parte terrestre del film de Nolan, también con la presencia de la figura del padre y sus hijos, además del rostro de Jessica Chastain, será la otra parte, la del espacio, la que traiga reminiscencias de los films de Kubrick y Tarkovski. No solo en cuanto a que son viajes hacia otra dimensión que trascienden más allá de lo físico, del espacio, para navegar hacia lo psíquico, viajes donde se trazan cuestiones tan diversas como la evolución o la inteligencia artificial. TARS, el robot de Interstellar, es una pieza de cuatro módulos articulados que, al unirse todos en uno, hará pensar en el monolito de 2001: una odisea del espacio; o el diseño de las naves y sus interiores, muy en sintonía con la línea estética de Solaris, todas asépticas, impersonales, funcionales.

Referencias también presentes en la misma elaboración de los personajes, porque el Cooper que encarna Matthew McConaughey posee muchos puntos en común con el Kelvin que interpreta Donatas Banionis, ambos viudos, ambos brillantes en sus respectivas especialidades profesionales, pero ambos también incapaces de resolver sus problemas emocionales, Kelvin por el suicidio de su esposa, Cooper por su complicada relación con su hija. Porque también, tanto Solaris como Interstellar, ponen de manifiesto que la capacidad del hombre para desarrollar las mas avanzadas tecnologías es inversamente proporcional a su incompetencia para resolver sus propios conflictos internos. Algo que planea en el film de Kubrick. Pero en éste, además, la relación entre Hal 9000 y Bowman tiene aspectos comunes a la de TARS con Cooper en cuanto a que en ambas subyace una reflexión sobre si un cerebro artificial puede poseer sentimientos. Aunque tampoco es cuestión de desvelar los detalles de Interstellar, porque solo tratar de expresar con palabras su imaginería, se torna en tarea casi imposible ya que es un film concebido a partes iguales para la reflexión y para el placer de los sentidos.

Sin embargo hay otro aspecto en común, y es aquí donde recuperamos el soliloquio de Caine de El truco final, donde también se hermanan Nolan, Malick, Kubrick y Tarkovski, aunque cada uno lo articule a su modo. Presentan algo ordinario, como el hecho mismo de vivir. Invitan a examinarlo porque no hay nada raro en la cotidianeidad y en los conflictos de sus personajes. Luego se produce lo extraordinario, aunque quizá aquí no hay trucos. O los hay, para que desaparezcan y parezcan cosas, durante el itinerario, para mover las entrañas del espectador. Y el tercer acto, el más complicado, que en aquel film lo llaman prestigio y que aquí, en Interstellar, simplemente, es la verdad de Nolan que después cada uno la interpretará a su manera.

Carlos Tejeda
·  Artículo publicado en el suplemento cultural It’s Playtime [7 de noviembre, 2014]

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