‘AHORA SI, ANTES NO’: Las consecuencias de los pequeños detalles

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·  Ahora si, antes no (2016), un film de Hong Sang-soo

«Ahora mismo flotan muchas palabras en mi mente. Si las digo en voz alta, se convertirán en frases. Pero no son más que meras palabras», apunta en un momento dado el protagonista de Ahora sí, antes no. Una cita que se pronuncia hacia el final de la primera historia del film y que en la segunda adquirirá si cabe un mayor significado. Porque el nuevo film de Hong Sang-soo gira en torno al uso de la palabra y de lo que sucede a su alrededor cuando dos personas se comunican. No sólo son las palabras en sí, sino la manera de utilizarlas, la actitud que se adopta al pronunciarlas ante el interlocutor, pero también los gestos, los ademanes, las miradas con que se las acompaña. Y al mismo tiempo, cómo dichas palabras, dicha actitud, dichos gestos, pueden predisponer las conductas, variar las situaciones, y con ello, el destino de los personajes.

Una idea que Sang-soo desarrolla en forma de díptico, articulando dos versiones de una misma historia. O dos historias que, precisamente, por esas tenues variaciones en los detalles más arriba apuntados, acaban teniendo distintas consecuencias, aunque los personajes, así como los escenarios que recorren, son los mismos. Una propuesta que parte de un argumento tan sencillo, tan cotidiano, como es el encuentro casual entre un director de cine que goza de un cierto reconocimiento con una joven pintora aspirante a artista en una ciudad a la que aquel ha acudido a presentar una película suya. Un encuentro que se prolonga a lo largo de un día en el que ambos conversan yendo de un lugar a otro, de un salón de té al estudio de la chica, a un restaurante a cenar o acudiendo, más tarde, a una reunión nocturna de unos amigos de ella.

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A partir de estas premisas, y bajo esa aparente simplicidad que envuelve el relato, el cineasta coreano articula una minuciosa radiografía sobre los entresijos de los comportamientos y las relaciones humanas. Una radiografía donde tienen cabida cuestiones diversas como el azar, los sueños, los miedos, las inseguridades o el juego de las apariencias en dos historias que se complementan a la perfección. Si en la primera de ellas se nos presenta a un director ególatra y petulante frente a la actitud condescendiente de la joven artista, en la segunda ella muestra un carácter más fuerte ante un cineasta que ahora hace gala de un tono más benevolente. Algo que en cierta manera se pone de relieve en las secuencias en el estudio de pintura de la joven en ambos segmentos, cuando él expresa su opinión sobre el cuadro que ella pinta en esos instantes. Si en el primero le dice con un aire de arrogancia que ha iniciado un camino muy difícil y que «sin saber en que dirección vas, solo puedes confiar en tus sentidos y tu percepción»; en el segundo le comenta, con una ligera timidez, que pinta para reconfortarse a sí misma pero que debería de ser más atrevida. «Hay comodidad en la convencionalidad», afirma en un momento dado, para después aconsejarla que debería «encontrar la paz y una chispa de amor en tu interior». Talantes que respectivamente, en ambas historias, los dos protagonistas acabarán adoptando.

Sang-Soo articula una película de aparente sencillez, tanto por la sobriedad de su puesta en escena, como por la austeridad en el manejo de la narración, articulada en su mayor parte por medio de planos fijos rodados en tomas largas. Planos fijos que en determinados instantes se rompen de manera brusca con un ligero zoom para acercarse a los personajes y observarles con más detalle. A ello se unen las propias situaciones, porque son, simplemente, cotidianas, las que tienen dos personas que se conocen y que comienzan a hablar, primero con cierta timidez, luego de forma más espontánea, contando sus intereses, confesando sus gustos, manifestando sus opiniones. Pero la complejidad del ejercicio que propone el cineasta coreano se halla en el hecho de narrar la misma historia dos veces, a pesar de los ligeros registros que introduce para mostrar los diferentes caminos que toman las vidas de sus protagonistas según su comportamiento. Algo que el director coreano resuelve repitiendo determinados diálogos, eludiendo algunos y añadiendo otros nuevos. Una estrategia que refuerza con el uso de la voz en off, la del joven cineasta, en el primer relato y en el segundo al variar la posición de la cámara dentro de los mismos escenarios.

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Una propuesta que adquiere una nueva dimensión al final, cuando el espectador posee la visión en su conjunto, por el hecho mismo de haber contemplado dos versiones distintas de un mismo relato protagonizadas por los mismos personajes pero con diferentes consecuencias. Es decir, un juego sobre el cine dentro del cine. Las mismas imágenes, los mismos contextos, los mismos lugares e incluso las mismas situaciones que, según como se orquesten sus elementos, poseerán un significado distinto.

Carlos Tejeda
· Artículo publicado en el suplemento cultural It’s Playtime [6 de mayo, 2016]

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