‘LA JUVENTUD’: Cuando ya no somos tan jóvenes

La juventud

Paolo Sorrentino concibe una reflexión sobre la vejez, el paso del tiempo, la amistad y la creación artística protagonizada por los siempre magníficos Michael Caine y Harvey Keitel. Sin embargo, y a pesar de contener excelentes momentos, la película acaba ahogada por la excesiva sofisticación que desprende tanto el guión como su imaginería visual llegando, en ocasiones, a rozar el artificio. Algo que en su anterior film, La gran belleza, funcionaba a la perfección.

Quizá el mayor riesgo del autor que obtiene un gran éxito con una obra sea que en su siguiente trabajo no solo consiga mantener el nivel de calidad del anterior, ya que lógicamente este viene acompañado por las inevitables expectativas que suscita, sino que a veces, por asegurar o tal vez por conservar dicho éxito repita, quizá de manera inconsciente, los modos y las formas utilizadas en su trabajo precedente, cuestión que, dicho sea de paso, nada tiene que ver con los rasgos de estilo. Y es esa, en cierta manera, las tesituras por las que parece navegar Paolo Sorrentino, porque la sensación que se experimenta durante el visionado de La Juventud es que no llega a alcanzar la intensidad y la profundidad que desprendía La gran belleza (La grande bellezza, 2013), su film anterior, aunque posea excelentes momentos, como también que estén presentes una vez más los influjos del cine de Federico Fellini e incluso ciertas reminiscencias de El año pasado en Marienbad (L’annèe dernière à MarienbadAlain Resnais, 1961) en lo referente a su puesta en escena.

La historia de La Juventud parte de unas atractivas premisas que giran en torno a dos ancianos, amigos desde su juventud además de consuegros, Fred Ballinger (Michael Caine), un prestigioso compositor y director de orquesta y el veterano director de cine Mick Boyle (Harvey Keitel), quienes pasan unos días en un balneario en los alpes suizos. Ballinger, que vive retirado de la música desde hace bastante tiempo, recibe las visitas de un emisario de la reina que trata de convencerlo para que dirija un concierto en el Buckingham Palace. Y Boyle, junto con un pequeño equipo de jóvenes colaboradores, finaliza los preparativos del que será su nuevo proyecto y que, según sus palabras, considera su testamento cinematográfico. Alrededor de ambos, la hija de Balliger, Lena (Rachel Weisz) cuyo marido, hijo de Boyle, acaba de abandonarla por una veinteañera aspirante a convertirse en cantante de pop, el joven actor Jimmy Tree a quien encarna Paul Dano y cuya estancia la dedica a preparar su próximo papel, así como una variopinta galería de personajes entre los que se hallan una Miss Universo, un insulso montañero o esa oronda efigie que se mueve con dificultad y cuya fisonomía trae reminiscencias de Maradona, porque los estragos del tiempo son ineludibles incluso para las estrellas.

Sorrentino concibe una reflexión, salpicada de metáforas y elementos oníricos, sobre la vejez, la memoria, la amistad, el hecho creativo, pero también sobre dos viejos amigos que hacen balance de sus vidas, de sus éxitos y sus fracasos. Pero esta vez el director italiano parece haber forzado los hallazgos y las ideas que impregnaban La gran belleza, deslizándose, tanto conceptual como estéticamente, por los territorios de la sofisticación, llegando sus imágenes, en ocasiones, a adquirir la impronta de un spot publicitario, y en otras a rozar el artificio, como el exasperante videoclip de la cantante, dejando al mismo tiempo algunas premisas esbozadas o cuanto menos quedando supeditadas por la propia imaginería. Una sensación que en cierta forma parece confirmar la selección musical que, si bien vuelve a contener excelentes piezas del compositor David Lang (es el autor de Simple song, una de las composiciones que ha consagrado a Ballinger) además de otros autores y de géneros diversos, dista de la intensidad y del espíritu del repertorio que formaba parte de la banda sonora de La gran Belleza.

Y aún así, La Juventud se ve con interés, ofreciendo excelentes secuencias, como aquellas que recogen los diálogos entre los dos protagonistas, caminando por el campo o cenando en el restaurante del balneario; o entre Ballinger y su hija, como en la que ésta le recrimina a su padre su incompetencia emocional por haber dado más prioridad a su carrera musical que a la familia, o esa otra en la que ella escucha las razones que da su padre al emisario de la reina de por qué se niega a dirigir el concierto ante la monarca. E incluso los pasajes del personaje que trae evocaciones del citado Maradona.

O esa otra secuencia que puede resumir el espíritu de la película, cuando Boyle explica la diferencia entre la juventud y la vejez a una de las chicas que forma parte de su equipo de colaboradores haciéndola mirar a través del telescopio de un mirador. «¿Ves esa montaña? Eso es lo que ves de joven. Todo parece estar muy cerca. Es el futuro». Después gira el telescopio y le hace de nuevo mirar: «Eso es lo que ves cuando eres viejo. Todo parece estar muy lejos. Es el pasado».

Carlos Tejeda
· Artículo publicado en el suplemento cultural It’s Playtime [25 de enero, 2016]

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