‘DEUDA DE HONOR’: El extraño viaje de Mary Bee Cuddy

Deuda de honor The Homesman

Con su segundo largometraje, Tommy Lee Jones se consolida como un singular cineasta poseedor de una mirada muy personal. Un tan atípico como sorprendente western crepuscular que narra el insólito viaje que emprenden una joven soltera y un viejo errabundo para llevar a tres mujeres que han perdido la razón desde un lugar remoto del salvaje Oeste al mundo civilizado para que reciban la atención necesaria.

Hace ya una década que Tommy Lee Jones sorprendió al poner de manifiesto su talento como cineasta cuando se puso por primera vez tras una cámara y concibió Los tres entierros de Melquíades Estrada (The three burials of Melquiades Estrada, 2005), un western ambientado en la época contemporánea que retrataba la desesperanza y la degradación moral de un grupo de individuos que tratan de sobrevivir en ese espacio geográfico como es la frontera entre los Estados Unidos y México, la tierra supuestamente prometida y la que no lo es, pero que Jones representa igual de áridas y salvajes.

Unas tesituras similares por las transitan los protagonistas de Deuda de honor, aunque aquí atravesando la inmensidad del paisaje, también salvaje y árido, con la presencia continua de esa linea horizontal que, en el infinito, parece juntar a la tierra con el cielo. Dos protagonistas solitarios, Mary Bee Cuddy, (espléndida Hilary Swank), porque es una joven soltera propietaria de una granja quien no acaba de encontrar marido debido, según dicen, a su carácter autoritario. Y George Briggs (Tommy Lee Jones), un ser errático entrado en años cuya existencia transita en un permanente viaje hacia ninguna parte a quien Mary Bee salva de morir ahorcado con la condición de que la acompañe en ese inusual viaje en el que, por mediación del reverendo de la pequeña comunidad (John Lithgow), tiene que llevar a la ciudad a tres mujeres que sufren una enajenación mental a causa del aislamiento, el clima y las difíciles condiciones de vida. Un trastorno que se conoce como locura o fiebre de la pradera y que, al parecer, según recogen numerosos testimonios de la época, padecieron muchos colonos europeos cuando se establecieron en los inhóspitos territorios de los Estados Unidos durante el siglo XIX y cuyos síntomas, según aquellas descripciones, eran muy parecidos a los de la depresión, llevando a algunos hasta la locura.

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A partir de estas premisas, Tommy Lee Jones concibe una sutil radiografía sobre los entresijos de la condición humana, la soledad, el dolor, la esperanza, la desesperación, la locura o la hipocresía de una sociedad clasista e inflexible que no admite la diferencia, como el que una mujer viva fuera de las convenciones sociales por el hecho mismo de llevar sola una granja, provocando extrañeza, y hasta temor, en un mundo masculino al que la joven protagonista acaba poniendo en evidencia por su tosquedad, su sinrazón y su incompetencia emocional, no solo a la hora de afrontar el trastorno mental que padecen sus respectivas cónyuges, un trastorno en parte causado por las humillaciones que ellos mismos les infligen como sugieren los diversos flashbacks iniciales, sino que estos eluden la responsabilidad de trasladarlas a la ciudad donde puedan recibir una mejor atención.

Porque Mary Bee, aunque busque de manera infructuosa una pareja para unir fuerzas y sacar adelante su propiedad, es una mujer segura y decidida, incluso mucho más resolutiva y práctica que los hombres a la hora de desempeñar las diferentes tareas que implica mantener una granja, desde arar la tierra hasta cocinar (quizá de ahí su segundo nombre, Bee, “abeja”), como muestran las imágenes que abren la película. Y es ahí quizá donde reside su frustración, que no sólo no encuentra marido, sino que los posibles candidatos acaban demostrando su ineptitud, empequeñeciéndose estos ante el desconcierto que ella les genera por su arrojo, por su entereza, tal como muestra una de las secuencias iniciales, cuando invita a cenar a un vecino suyo y, al final de la misma, le plantea contraer matrimonio y este, intimidado por la proposición, tan solo acierta a decir, no con poco nerviosismo, que es una mujer mandona mientras se levanta de la mesa y sale más que aprisa de su casa. De ahí que Mary Bee sea la persona apta para emprender el viaje por recomendación del reverendo, quien, también a su manera, parece esquivar el problema dejando que la protagonista se marche sola, quien, por otra parte, causa, además, el asombro y hasta el rechazo de las otras mujeres de la localidad.

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Mary Bee no es una heroína, tan solo es la única persona con el suficiente coraje y capacidad para afrontar los riesgos que conlleva un viaje por territorios inhóspitos. Como tampoco George Briggs es un héroe al uso, porque es un vagabundo que transita sin rumbo alguno y cuyo único interés se reduce a tener unos cuantos dólares en el bolsillo y una garrafa de whisky. Un tipo solitario quien, por los caprichos del azar, se ve abocado a acompañar a Mary Bee en un sombrío y largo itinerario en el que tienen que soportar las inclemencias de un crudo invierno en medio de un espacio infinito, árido, yermo, hostil. Un itinerario que se tornará en ocasiones en una aventura irreal poblada, en cierta manera, por espectros. Porque casi como un espectro, como salido de la nada, se le aparece a Briggs un vaquero (Tim Blake Nelson) quien lleva en su montura a una de las tres mujeres trastornadas que aquel busca desesperadamente ya que, en un descuido, aquella se ha fugado la noche anterior huyendo a través de la inmensidad del desierto; como espectral es la repentina presencia de un pequeño grupo de guerreros indios quienes, a tenor de los acontecimientos y a pesar del temor que les genera a los dos protagonistas, serán, precisamente, los seres menos agresivos frente a muchos de los que pueblan la película; como fantasmales son las dos tumbas indias que se erigen en medio de la nada, subiéndose Briggs después a una de ellas para coger la piel que envuelve a uno de los cuerpos porque, como él dice, la necesitan más los vivos que los muertos; como fantasmagórico es ese hotel que se erige también en medio de la nada, de lujosa decoración interior y exquisitos manjares sobre la mesa que aguardan la llegada de un grupo de inversores, según manifiesta su petulante propietario, Aloysius Duffy (James Spader), en su intención de levantar un emporio alrededor del mismo. Un símbolo, o si se quiere una metáfora, de un cada vez más creciente y despiadado capitalismo.

Habrá quienes pongan reparos. Tampoco es un trabajo perfecto. Pero Deuda de honor es un film que posee esa extraña propiedad de mantener el desconcierto en el espectador a lo largo del metraje por ese carácter insólito que desprende la trama en sí y que, en ocasiones, puede provocar hasta cierta incomodidad; por la mirada del propio Tommy Lee Jones, a veces áspera, a veces melancólica, pero a la vez muy personal, a pesar de los guiños y las influencias de otros títulos y autores, y que aquí, tampoco importan; por los numerosos alicientes tanto en su contenido, denso, contundente, impactante, pero narrado al mismo tiempo con una gran sencillez, como por su puesta en escena, donde el paisaje se torna en un protagonista más que condiciona la propia vivencia, y hasta envuelve a los propios los personajes; por su concepción, tanto formal como estética convirtiéndose su visionado en una suerte de experiencia sensorial enfatizada por la brillante fotografía de Rodrigo Prieto y la tan envolvente como sugerente partitura compuesta por Marco Beltrami, en la que combina pasajes atonales, casi abstractos, con otros más melódicos, impregnados algunos con una cierta melancolía.

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Un itinerario que transcurre en sentido contrario, del territorio salvaje a la civilización, en relación con la mayoría de los westerns tradicionales, en los que el hombre blanco se lanza a la conquista de nuevos territorios. Un mundo civilizado, el de la ciudad de destino, que Tommy Lee Jones muestra como si fuese salido de un cuento, idílico y al mismo tiempo irreal. Tan irreal que sus protagonistas acabarán transfigurándose en fantasmas, a veces mezclándose con otros individuos para diluirse todos, lentamente, en la oscuridad de la noche, y otras en forma de una lápida, como el único testimonio físico de un nombre que ha existido y que, de forma accidental, cae a las aguas de un río. Porque, de una manera u otra, el final del camino acaba siendo el mismo para todos, la desaparición, y después, el olvido.

Carlos Tejeda
· Artículo publicado en el suplemento cultural It’s Playtime [18 de noviembre, 2015]

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