‘LA SOMBRA DEL ACTOR’: cuando la vida es puro teatro

la sombra del actor

Barry Levinson, director de películas como El mejor (1984), Good morning Vietnam (1987), Rain man (1988) o Sleepers (1997), concibe una sólida tragicomedia sobre la crisis que sufre un veterano y afamado actor que ha perdido la magia y el talento. Un personaje que se beneficia de la sobria composición y de los tics de un ya septuagenario Al Pacino.

Quizá durante el visionado de La sombra del actor a más de uno le venga a la cabeza el film deAlejandro González Iñárritu, Birdman, ya que ambos títulos, y salvando sus grandes diferencias, navegan por territorios similares al ser dos retratos sobre actores en crisis que poseen un punto en común, y que es su dificultad para a aceptar que han entrado en la vejez. El film de Barry Levinson, que parte de un relato de Philip Roth, La humillación (Literatura Random House, 2010), es la radiografía sobre un afamado y veterano actor cuyo talento se ha desvanecido en el crepúsculo de su carrera.

Ya en el preámbulo del film, Levinson traza las pautas sobre las que va a transitar la trama. El sexagenario actor Simon Axler (Al Pacino) se maquilla ante el espejo de su camerino minutos antes de salir a escena mientras habla en voz alta consigo mismo sobre el carácter teatral que posee el mundo, siendo los hombres y mujeres que lo habitan sus actores, o que un ser humano durante su vida representa muchos personajes. Para instantes después coger dos máscaras que simbolizan el teatro, «mi tragedia y mi comedia. Las pondré juntas esta noche» dice mientras las tiene en sus manos. Monólogo que viene a ser una metáfora sobre la realidad del propio Simon más allá de su oficio como actor que Levinson enfatiza con el propio punto de vista de la cámara, ya que ésta zigzaguea entre el actor y su imagen reflejada en el espejo. Un monólogo que se tornará en forma de confesión después, con su narración en voice over sobre sus incidencias y sus pensamientos y que corresponde a las sucesivas sesiones privadas que tiene Simon con su psicólogo a través de Skype.

Pero antes, hay aún un nuevo giro que definirá ese carácter ambiguo, o cuanto menos alucinatorio, sobre esa suerte de desdoblamiento que parece sufrir el propio personaje relacionado con esa idea sobre la dificultad del actor para diferenciar la realidad de la ficción, algo que Simon le confiesa a su médico al comienzo de su terapia. Incluso le dice a aquel, frente a frente, ante la pantalla del ordenador, por medio de una webcam, que su gran preocupación es que «cada vez que veo una cámara siento la necesidad de actuar. Es una costumbre». «No esperes aplausos. Solo somos tú y yo», le responde el doctor. Pero Simon tampoco los espera ya que la actuación es algo que forma parte de él más allá del escenario…

·  Artículo completo en el suplemento cultural It’s Playtime
Carlos Tejeda

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