‘MAGIA A LA LUZ DE LA LUNA’: UN MAGO, UNA MEDIUM Y EL SUR DE FRANCIA

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El ya casi octogenario Woody Allen prosigue fiel a su cita anual. Como a su costumbre de ofrecer de manera intermitente excelentes títulos con films menores. Pese a su solidez y su excelente factura, Magia a la luz de la luna pertenece al segundo grupo, aunque proporciona, como también es habitual, un buen momento de distensión.

Hay un soterrado cariz que desprende Magia a la luz de la luna que quizá sea una suerte de constatación, que Woody Allen, a sus 79 años, ha llegado a una conclusión, o al menos a reafirmarse en ella, que la magia, y no la que se hace sobre un escenario, es el mecanismo esencial y necesario para vivir en este mundo. Tras casi cincuenta películas escudriñando repetidamente las mismas cuestiones, casi de manera obsesiva, sobre los entresijos de las relaciones de pareja, el sexo, la religión o la muerte, da la sensación de que el cineasta ratifica que el hombre, e incluso él mismo, suele relegar a un segundo plano lo esencial, vivir.

Tras una serie de comedias, Annie Hall (Annie Hall, 1977) supone un primer giro en su filmografía ya que, de una manera u otra, traza una radiografía más profunda sobre las relaciones amorosas, sobre sus inseguridades, sus debilidades, plagadas de citas culturales o filosóficas, de psiquiatras, de vacilaciones, de obsesiones y tartamudeos. Un tono de comedia que abandona en Interiores (Interiors, 1978) acercándose a su admirado Ingmar Bergman, para retomarlo después en su siguiente trabajo,Manhattan (Manhattan, 1979). Hasta que concibe una primera historia, en forma  de cuento moderno, en donde la magia interviene a su manera, La rosa púrpura del Cairo (The purple rose of Cairo, 1985), en la que el protagonista de una película sale de la pantalla para conocer a la mujer que acude con frecuencia a verla.

Después de varios títulos protagonizados por matrimonios en crisis, algunos incluso convertidos en investigadores para resolver un supuesto caso de asesinato o gentes de la farándula de Broadway que se verán aconsejados por un gangster, rueda otra fábula, Alice (Alice, 1991) en la que unas hierbas mágicas que prepara un brujo chino influirán en la vida de la protagonista. Luego, una década después, será un ilusionista, el de La maldición del escorpión de jade (The Curse of the Jade Scorpion, 2001), quien reunirá a los dos protagonistas, quienes se profesan una mutua animadversión, en una sesión de hipnosis. Y será en Scoop (2006) cuando el propio Allen interprete a un mago quien, además, recibirá una visita del más allá. Quizá una figura que, al ser encarnada por el propio cineasta, viene a ser una suerte de metáfora sobre el oficio del director de cine quien también, y a su manera, recurre a los trucos para crear ilusión, aunque sea sobre una pantalla…

Artículo completo en It’s Playtime

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