‘THE ZERO THEOREM’: un teléfono, una computadora y una mujer

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Terry Gilliam concibe una desesperanzadora historia ambientada en una sociedad futurista donde los individuos viven como meras herramientas al servicio del sistema. The zero theorem viene a ser una atractiva metáfora sobre el mundo actual que pone de relieve una vez más la desbordante capacidad visual del director, pero también sus habituales excesos.

En El pintor de la vida moderna Charles Baudelaire comparaba las figuras de un hombre y un niño afirmando que el primero se rige por la razón y el segundo por la sensibilidad, para después concluir que el talento, el genio, no es más que «la infancia recobrada a voluntad, la infancia dotada ahora, para expresarse, de órganos viriles y del espíritu analítico que le permite ordenar la suma de materiales involuntariamente almacenada». Casi un siglo después, Pablo Picasso decía que «desde niño pintaba como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño». Sea de una forma u otra, una de las preocupaciones inherentes del creador a la hora de concebir una obra de arte es que esta fluya de manera natural, con total libertad, que esa búsqueda perseguida durante su consecución no esté supeditada a ninguna ley que no sea la de la propia emoción, la del instinto, la de la fuerza misma del impulso creador para que ese milagro se produzca. Son, por decirlo de alguna manera, los mecanismos por los que se rige la mirada de un niño. De ahí su espontaneidad, su fluidez, libre de las interferencias que ejerce una técnica aprendida, libre de las influencias de la razón y de la lógica, y que son precisamente las que suelen paralizar al artista. Porque componer una escena, escribir una novela, rodar una secuencia tiene mucho de intuición, de saber leer lo que demanda la obra de arte en sí durante su proceso de creación. Así son las cualidades de los dibujos de los niños, que plasman con plena libertad lo que ven, lo que sienten, dando rienda suelta a sus instintos, a los dictados de la imaginación sin temor alguno a que la composición acabe recargada de detalles, a que los colores terminen resultando demasiado chillones, a como sitúen las figuras en el espacio porque las reglas de la perspectiva y de la proporción las imponen ellos mismos. Al igual que en sus juegos, sin importarles las consecuencias, porque lo importante es jugar en sí. Solo que, a veces, la emoción, el entusiasmo les puede llevar al exceso y con ello a estropear el dibujo o a romper el juguete.

De ahí que Baudelaire incida en esa combinación entre el conocimiento y el impulso, entre el equilibrio en la organización lógica de los elementos que intervienen en la composición y el ímpetu creador para que estos transciendan más allá de la mera representación adquiriendo ese nervio que toda obra de arte debe poseer. Como también que Picasso subraye su necesidad de dibujar como un niño, ya que una vez aprendidas las estrategias lo esencial es que fluya la expresión, aunque dichas estrategias, por la lógica de la razón ayuden de alguna manera al creador a controlar la emoción, porque de la grandeza, por decirlo de alguna manera, a lo artificioso hay tan solo un paso.

Y es esa, en cierta manera, la tesitura por la que navega el propio Terry Gilliam que, al igual que otros cineastas como Jean-Pierre Jeunet y Michel Gondry, es poseedor de una desbordante imaginación y un mundo onírico muy personal que, por su desmedida emoción, acaba llevándolos a veces por los caminos del exceso hasta deteriorarlos, aunque en otras ocasiones consiga trabajos tan notables como Brazil (Brazil, 1985), El rey pescador (The fisher king, 1991) o 12 Monos (Twelve monkeys, 1995).

La desmesura de Gilliam ya era evidente desde los tiempos en que formaba parte del grupo humorístico Monty Python, como también su radicalismo en su tendencia a concebir un apabullante barroquismo estético. Excesos que, aunque a veces se le vayan de las manos, vienen todos ellos impregnados por su interés en indagar en los vericuetos de la existencia humana así como en su crítica contra la sociedad actual, aunque en ocasiones queden soslayados por el espectáculo pirotécnico con el que suele impregnar sus películas como sucede en las citadas Brazil y 12 Monos.

Si bien, es Brazil el film que posee más puntos en común con The zero Theorem en cuanto a que ambas son una visión crítica y pesimista contra la sociedad moderna cuyos dos protagonistas son seres alineados, un engranaje más de un sistema despersonalizado. Pero si el Sam Lowry (Jonathan Pryce) de aquella era un burócrata entre mil, Qohen Leth, a quien encarna el siempre excelente Christoph Waltz, es también un empleado sometido a los dictados de una gran corporación aunque posea una inteligencia superior en cuanto a que es un genio de la informática. Sin embargo, Qohen es un individuo solitario y paranoico que trata de conseguir su independencia, es decir, trabajar en soledad, fuera de las instalaciones de la empresa, aunque prosiga entregado en cuerpo y alma al trabajo para la misma, que es la resolución del teorema cero, una compleja ecuación matemática que supuestamente podría “demostrar que el universo no sirve para nada” según le dice Bob (Lucas Hedges), el hijo del dueño de la corporación a quien encarna Matt Damon. Pero al mismo tiempo, Qohen espera de manera obsesiva una llamada telefónica que, según él, le dará las claves para darle sentido a su vida, una llamada que viene a ser esa luz de esperanza en un mundo grisáceo y destartalado.

Porque la ciudad donde vive el protagonista es un lugar gris, cuyas calles están plagadas de gente, con abundante tráfico y repletas de anuncios luminosos en los que se invitan a los ciudadanos a formar parte de organizaciones como esa que se hace llamar La Iglesia Redentora de Batman. Gilliam muestra una sociedad donde han desaparecido los valores, tanto los del propio ser humano, pues Qohen, al igual que los demás, es una herramienta más del sistema; como los espirituales. De hecho el protagonista vive en una antigua iglesia abandonada donde numerosas cámaras le vigilan. Incluso una de ellas está colocada en el lugar de la cabeza de un cristo decapitado en lo alto del altar.

The zero theorem reincide también en la despersonalización, en la incomunicación que pueden generar las computadoras en la vida del hombre a la hora de relacionarse con sus semejantes. Qohen conoce en una fiesta a una atractiva mujer, Bainsley (Mélanie Thierry), quien le visita en varias ocasiones. Sin embargo y pese al interés de ella hacia él, su relación afectiva será de manera virtual, a través de las ensoñaciones generadas por su ordenador, poniendo de manifiesto la incapacidad emocional del individuo cuando su voluntad está supeditada a la máquina. Ensoñaciones donde se muestran los únicos paisajes idílicos que Gilliam enfatiza imprimiéndoles un aspecto artificial. Porque el cineasta es uno de los más firmes defensores de la imaginación, la única propiedad que proporciona al hombre la auténtica libertad.

Carlos Tejeda
· Artículo publicado en el suplemento cultural It’s Playtime [2 de diciembre, 2014]

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