‘JIMMY’S HALL’: BAILAR, DIBUJAR, LEER,…

jimmy

En las imágenes de Jimmy’s Hall subyace la sensación de que la acostumbrada beligerancia del septuagenario Ken Loach parece haberse suavizado, quizá en parte por la templanza que da la edad. Porque el cineasta inglés ha concebido un film amable, festivo y entretenido aunque siga flotando en él su espíritu de denuncia.

Al parecer, James Gralton (1886-1945) fue el único ciudadano irlandés que fue deportado por causas políticas y sin juicio previo de su país tras ser arrestado el 9 de febrero de 1933. Pero su peripecia vital había comenzado mucho antes, cuando en 1909 emigra a los Estados Unidos, donde desempeña diversos trabajos pero donde también nace su compromiso político, regresando en 1921 para participar en la Guerra de la Independencia de Irlanda. Tras lo cual vuelve a irse a los Estados Unidos para una vez más retornar en 1931 a su país natal. Es en este momento cuando se inicia Jimmy’s Hall, con la llegada de Gralton, a quien interpreta Barry Ward, a su localidad de origen, pasando delante de un cobertizo con un cartel que reza “Pearse-Connolly Hall”, el que en su día construyó como lugar de reunión, pero también como una suerte de centro cultural donde se impartían clases de dibujo, de literatura, de baile o de boxeo. Un lugar que, alentado por los vecinos, reabre de nuevo, lo que, unido a su pasado como activista, despertará los recelos del anciano clérigo de la población, el padre Sheridan (Jim Norton) y de los terratenientes de la zona encabezados por O’Keefee (Brian F. O’Byrne) cuya hija María (Aisling Franciosi) se convierte desde un primer momento en una asidua al local.

Pero el salón de Jimmy también se usa  para actividades de ocio, donde se baila a son de jazz, la música que ha traído Gralton de América. Porque una de las cuestiones que se ponen de relieve en el film es precisamente la cultura como manifestación colectiva, como eje de unión y reunión entre los individuos a la vez que sirve, en cierta manera, de válvula de escape de su grisácea realidad. De hecho es proverbial la secuencia en la que el protagonista desembala un gramófono que provoca la curiosidad de los allí presentes, quienes dejan sus labores de limpieza del local para acercarse, expectantes, hasta Gralton, quien pone un disco de Louis Armstrong y sus Savoy Ballroom Five. Cuando comienzan a sonar los primeros compases, le piden que les muestre unos pasos para bailar ese ritmo, cosa que Gralton hace contagiando poco a poco a todos los demás. Música que levanta las suspicacias de las autoridades locales que la ven como una amenaza a sus arraigadas tradiciones. Pero el jazz, por ese carácter transgresor y novedoso que conlleva, seguirá siendo todavía un género mal visto en las siguientes décadas y no solo por parte de la encorsetada sociedad británica. Un aspecto del que eran conscientes los cineastas del Free Cinema, que lo utilizarán en sus bandas sonoras, como en dos títulos emblemáticos dirigidos por Tony Richardson como son Mirando hacia atrás con ira (Look back in anger, 1959) cuya partitura es del trombonista Chris Barber y en la que incluso el protagonista encarnado por Richard Burton toca la trompeta o La soledad del corredor de fondo (The loneliness of the distance runner, 1962) en cuyo metraje suenan distintos temas interpretados por el trompetista Pat Halcox y su grupo…

 Artículo completo en It’s Playtime

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