Los amos del tiempo (Les maitres du temps, René Laloux, 1981).
Editado en DVD por Track Media.
René Laloux no pudo imaginar cuando recibía clases de pintura en su juventud que, casi una década más tarde, concebiría su primer cortometraje de animación a partir de las ideas y los dibujos de los enfermos de la clínica psiquiátrica Cour-Cheverny, donde había conseguido un empleo. La pieza, que lleva el título de Les dents du signe (Los dientes del mono, 1961), es una fábula urbana sobre un pobre hombre con dolor de muelas que acude a un oscuro dentista dedicado a robar dientes a los infortunados para después venderlos a los ricos. Pero el filme, que recibió diversos premios, ya reflejaba el interés del animador parisino por historias de corte fantástico, a la vez que ponía de manifiesto su carácter de autor independiente al margen de los cánones comerciales.
Tras dos cortometrajes más -Les temps morts (1964), poema visual sobre la tendencia del hombre a matar y la metáfora surrealista Les escargots (1965)-, a Laloux sólo le bastó dirigir su primer largometraje, La planète sauvage (1973), una adaptación de la novela Oms en serie de Stefan Wul, para alcanzar el prestigio dentro del campo del cine de animación europeo. Tres alegorías sobre la condición humana, salpicadas de referencias simbólicas a hechos históricos, que realizó con la colaboración del escritor e ilustrador Roland Topor. Después firmaría tan sólo dos títulos más, prosiguiendo su costumbre de rodearse con destacados dibujantes que se encargasen de diseñar el aspecto visual del filme: Los amos del tiempo (1981) con Moebius y Gandahar (1988), filme que cerraría su exigua filmografía, con Philippe Caza.

De nuevo Laloux traslada a la pantalla otro libro de Wul, L’Orphelin de Perdide, bajo el epígrafe de Los amos del tiempo que, a diferencia de sus anteriores películas, navega por las pautas de la Space opera, subgénero de ciencia-ficción que engloba relatos de viajes espaciales. Pero en esta ocasión, como ya se ha dicho, le presta sus servicios Moebius, seudónimo bajo el que se oculta Jean Giraud con cuyo nombre real había firmado excelentes comics caso de la serie del teniente Blueberry, como bien es sabido. De las imágenes caricaturescas de Topor al trazo estilizado, casi minimalista, a la vez que sobrio, del ilustrador francés que, dicho sea de paso, se adapta a la perfección a las características de la historia.
Perdide es un planeta en el que se ha extraviado el niño Piel tras sufrir un accidente la nave en la que viajaba con su padre. Pero el progenitor, antes de morir, envía un mensaje de socorro por medio de un intercomunicador a su amigo Jaffar. Éste es un piloto mercenario que, en esos momentos, transporta al destronado y codicioso príncipe Matton, que ha huido con su hermana y parte del tesoro de sus antiguos dominios. Perseguidos por la policía de la Alianza Reformada Interplanetaria, Jaffar hace una escala en otro planeta, Devil´s Ball, donde vive el viejo Silbad, con el objetivo de solicitar su ayuda para llevar a cabo el rescate del pequeño.
Sobre una serie de grabados de modas de la época de la Revolución Francesa, Charles Baudelaire escribe en El pintor de la vida moderna (1863): “Esos trajes, que hacen reír a mucha gente irreflexiva, a esa gente grave sin verdadera gravedad, presentan un encanto de naturaleza doble, artístico e histórico. A menudo son bellos e ingeniosamente dibujados; pero lo que en la misma medida tiene tanta importancia para mi, y lo que me hace feliz encontrar en todos o en casi todos, es la moral y la estética de la época” [1]. Y es de este modo como, en mi opinión, hay que ver Los amos del tiempo.
Hay productos cuya frescura y consistencia se han ido desvaneciendo con el paso de los años y, al someterlos a una nueva revisión, algunos acaban hundiéndose. Pero hay otros que, por sus cualidades intrínsecas, logran evitar el naufragio, aunque la huella del tiempo les haya abierto algunas vías de agua. Y una de esas cualidades es precisamente la ingenuidad, condimento que normalmente proporciona entrañables sensaciones en el espectador asegurando, como poco, una confabuladora comunión con la misma. ¿Acaso no ocurre lo mismo con la saga galáctica de George Lucas aunque, en este caso, continúan siendo excelentes films, en especial las tres inaugurales?.
Desconozco el libro de Wul, pero al filme de Laloux le sucede algo parecido a lo expuesto en el párrafo anterior: en cuestiones narrativas, la propia aventura está impregnada de esa ingenuidad que, unida a la originalidad de los dibujos de Moebius, hacen agradable su visión. Aunque la imprevisible paradoja temporal que se desvela al final de la película acaba restando nervio a la peripecia del rescate que, por otro lado, ocupa prácticamente la totalidad del metraje. Y eso que dicha paradoja, a pesar de lo insólito de su proposición, no trasciende más allá de un simple planteamiento y la presencia, únicamente al término de la historia, de los seres que la han originado apenas va más allá de lo testimonial.

Ingenuidad que aporta excelentes momentos como las secuencias del niño en el planeta Perdide, cuyos paisajes, en muchas ocasiones, desprenden una estética cercana a los lienzos de Max Ernst. O las escenas de los ángeles sin rostro, esclavizados por un ente energético, como metáfora sobre la alienación del hombre. Idea que, por otra parte y salvando los matices, navega en una línea conceptual similar a obras como Un mundo feliz de Aldous Huxley o la orwelliana 1984. Fuerza visual que se disipa en las partes que tienen lugar en el interior de la nave de Jaffar; o los efluvios New age que empapan las imagenes del planeta donde vive el anciano Silbad. Algo que amplifica una apolillada banda sonora concebida a base de arreglos de sintetizadores típicos de los ochenta. Incluso la dureza de trazo en los rasgos de los personajes adultos (el aspecto andrógino de Matton, su hermana, o Jaffar, con una fisonomía cercana a la del citado Blueberry), en contraposición con la soltura de línea con la que están concebidos los dos diminutos gnomos con propiedades telepáticas que les acompañan o Piel, el niño perdido.
Pero Laloux y Moebius son unos maestros. Y aunque, contrariamente a la premisa de su título, el avance de los años la haya deslucido un poco, Los amos del tiempo sigue siendo una notable película que debe degustarse. Eso sí, teniendo presentes las palabras de Baudelaire.
Carlos Tejeda
Copyright La hija de Laughton S.L. (Kane3)
NOTA
[1] BAUDELAIRE, Charles. El pintor de la vida moderna. Edición a cargo de Antonio Pizza y Daniel Aragó. Colegio Oficial de Arquitectos Técnicos, Librería Yerba, Caja Murcia. Murcia, 1995, p. 76
Los héroes del Tiempo (1981)
Dirección: René Laloux.
Guión: René Laloux, Moebius y Jean-Patrick Manchette basados en L’Orphelin de Perdide de Stefan Wul.
Dibujos: Moebius.
Música: Christian Zanesi, Pierre Tardy y Françoise Bourgoin.
El DVD incluye como extras los dos primeros cortometrajes de Laloux: Les dents du signe (Los dientes del mono, 1961) y Les temps morts (1964).
FILMOGRAFÍA DE RENÉ LALOUX (1929-2004)
-Les dents du signe (Los dientes del mono, 1961), cortometraje.
-Les temps morts (1964), cortometraje en colaboración con Roland Topor.
-Les escargots (1965), cortometraje en colaboración con Roland Topor.
-La planète sauvage (1973), largometraje en colaboración con Roland Topor.
-Los amos del tiempo (Les maitres du temps, 1981), largometraje en colaboración con Moebius (Jean Giraud).
-Gandahar (1988), largometraje en colaboración con Philippe Caza.



