Claude Chabrol
París, 24 junio 1930-12 septiembre de 2010
A pesar del libro que escribió con Eric Rohmer sobre Alfred Hitchcock y de los textos que mandó a Cahiers du cinéma entre 1953 y 1957, Chabrol fue quizá el integrante de la Nouvelle Vague que menos tiempo dedicó a la teoría cinematográfica porque, entre otras razones y como confesó en algunas ocasiones, siempre le interesó más el propio hecho de hacer cine. Acaso sea esa una de las razones de la naturalidad que desprende su obra, de la aparente simplicidad de su puesta en escena, sin interferencias estilísticas ni conceptuales, aunque se puedan atisbar influencias de algunos de sus autores más admirados como eran el citado Hitchcock o Fritz Lang. Pero que al mismo tiempo son profundas y minuciosas radiografías sobre las complejas relaciones humanas. La de Chabrol es más bien una mirada maliciosa y directa, lejos de la pasión y la urgencia de François Truffaut, del espíritu heterodoxo y comprometido de Jean-Luc Godard o de la exactitud y el rigor racional de Eric Rohmer, tan heterogéneos todos como complementarios en su modo de entender el cine.
«Me resulta mucho más fácil hacer una película sobre la provincia que sobre París. Me gustan los espacios pequeños. Prefiero el microscopio al telescopio. Depende del hecho de que soy miope: veo mejor de cerca, agrando las cosas»[1]. Palabras del propio Chabrol que, no sólo son una aproximación definitoria sobre su mirada, sino que apuntan ese fino sentido de la ironía que le caracterizó en su vida real y uno de los rasgos con los que aderezó sus incisivos retratos sobre la burguesía de provincias, la clase social que más veces plasmó en la pantalla.
Además, su condición de autodidacta, porque ni tan siquiera rodó cortometraje alguno como sí hicieron sus compañeros de la Nouvelle Vague, tampoco le impidió lanzarse directamente al terreno del largometraje como metteur en scène con El bello Sergio (Le beau Serge, 1958), al que poco tiempo después siguió Los primos (Les cousins, 1958), por el que recibió el Oso de Oro del Festival de Berlín. Dos títulos que le convierten en el precursor del movimiento, ya que se estrenan -el primero en febrero y el segundo en marzo de 1959- antes de la proyección oficial, el 14 de mayo de ese mismo año en el Festival de Cannes, de Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, François Truffaut), la película fundacional del mismo.
Chabrol tocó diversos terrenos, desde la publicidad hasta el documental -L’oeil de Vichy (1993)-, y navegó con soltura por otros medios como la televisión llegando a dirigir alrededor de una veintena de producciones. De ahí que su trayectoria sea tan prolífica en número como zigzagueante en su recorrido. De las maneras de autor que apuntaban sus dos filmes iniciales, o los títulos que les siguieron como Una doble vida (A double tour, 1959), su primera película en color, Les bonnes femmes (1960) que fue un rotundo fracaso de taquilla o Landrú (Landru, 1962), se pasó al cine comercial dirigiendo la saga del Tigre, seudónimo del agente secreto Louis Rapière que interpretó Roger Hanin en El tigre (Le tigre aime la chair fraîche, 1964) y El Tigre se perfuma con dinamita (Le tigre se parfume à la dynamite, 1965); o Marie-Chantal contra el Doctor Kha (Marie-Chantal contre Dr. Kha, 1965) que, como las dos películas anteriores, se enmarca dentro del subgénero de espionaje.
Sin embargo, tras estos divertimentos de encargo que le alejan de las premisas de la Nouvelle Vague y de las críticas favorables, regresa a sus orígenes firmando algunos de sus mejores trabajos caso de Las ciervas (Les biches, 1967), La mujer infiel (La femme infidèle, 1968), Accidente sin huella (Que la bête meure, 1969) o El carnicero (Le boucher, 1969) por la que Stéphane Audran obtiene el premio a la mejor interpretación en el Festival de Cine de San Sebastián. La actriz, presente en la mayor parte de sus películas desde Los primos, se convertirá en su segunda mujer en 1964, tras divorciarse unos años antes de Agnès Marie-Madeleine Goute, madre de sus dos primeros hijos, uno de los cuales, Matthieu, será después el compositor de todas sus bandas sonoras a partir de Los fantasmas del sombrero (Les fantômes du chapelier, 1982).
La filmografía de Chabrol gravita cercana a los aires del film noir, al tiempo que se distancia de sus estereotipos, aunque parta de obras de escritores del género como George Simenon al que adaptó en la citada Los fantasmas del sombrero y Betty (1991). Al cineasta no le interesan las clásicas tramas de investigación en las que al final se descubre al asesino, sino observar el comportamiento, las reacciones y las actitudes de sus personajes durante el curso de los acontecimientos. Lo que hace de sus películas que sean más bien crónicas de sucesos donde la psicología tiene más importancia que el misterio. De hecho son intrigas articuladas a partir de simples estructuras argumentales en las que se pone de manifiesto la ambigüedad moral del ser humano, aunque no por ello deparen alguna que otra sorpresa durante el transcurso de las mismas.
Chabrol es una suerte de demiurgo con ojos de voyeur. Orquesta situaciones a la manera de una partida de ajedrez cuyas reglas las dicta la propia conducta de sus personajes. A partir de ahí la cámara sigue sus movimientos, se introduce en sus ambientes, en sus encuentros, pero sin explicar ni juzgar sus actos. No hay nada que entender, tan sólo son testimonios fílmicos sobre la estupidez humana, sin esteticismos ni pictoralismos. La mayoría de los individuos chabrolianos pertenecen a la burguesía de provincias, burbuja de privilegios y bienestar, de apariencias y convenciones sociales. Pero, como mostrará el cineasta, bajo ese distinguido envoltorio, tras esa refinada máscara, se resguardan los vicios y las miserias de unos seres cuya monótona existencia es perturbada por sus conflictos sentimentales o económicos que les acabarán empujando al asesinato. Enredos en donde también cobra importancia la comida, porque la mesa es lugar de reunión y escenario del fingimiento, el disimulo y la maquinación. Secuencias que el cineasta suele salpicar con variados platos propios de la alta cocina, dando así rienda suelta a su otra gran afición que fue la gastronomía.
Sea como fuere, y a pesar de que Chabrol se mantiene fiel a sí mismo, su cine parece perder la atención del público durante la década de los 70, período desigual en su carrera en el que se alternan excelentes títulos con otros de menor calidad. Es la época de propuestas de notable interés como La ruptura (La rupture, 1970) o Al anochecer (Juste avant la nuit, 1971) una reflexión sobre la culpa, como la aclamada Relaciones sangrientas (Les noces rouges, 1972) retrato de una pareja de amantes que recurre al homicidio para eliminar a sus respectivos cónyuges; y las no menos interesantes Inocentes con manos sucias (Les innocents aux mains sales, 1974) intriga de adulterio y asesinato protagonizada por Romy Schneider y Rod Steiger o Laberinto mortal (Les liens de sang-Blood Relatives, 1977) una trama criminal basada en una novela de Ed McBain. Pero tambien de filmes fallidos como La década prodigiosa (La décade prodigieuse, 1971) a pesar de tener a Orson Welles y Anthony Perkins en los papeles principales o Locuras de un matrimonio burgués (Folies bourgeoises, 1976).
Al mismo tiempo, realiza trabajos para la televisión, dirigiendo spots publicitarios o algunos episodios de series, como Fantômas, al que puso rostro Helmut Berger, o Les dossiers de L’ inspecteur Lavardin, personaje interpretado por Jean Poiret al que había llevado a la pantalla unos años antes en dos soberbios frescos como son Pollo al vinagre (Poulet au vinaigre, 1984) o Inspector Lavardin (Inspecteur Lavardin, 1985).
El cine de Chabrol vuelve a cobrar relevancia en títulos como Prostituta de día, señorita de noche (Violette Nozière, 1978) film que marca el comienzo de su colaboración con Isabelle Huppert convirtiéndose en la nueva musa que protagonizará algunos de sus títulos más sobresalientes, pero también de los más celebrados por el público. Un asunto de mujeres (Une affaire de femmes, 1988) en la que la actriz encarna a Marie Latour, la última mujer que fue guillotinada en Francia, el 31 de julio de 1943, acusada por sus prácticas ilícitas del aborto; Madame Bovary (1990) brillante adaptación de la novela homónima de Gustave Flaubert; La ceremonia (La cérémonie, 1995) sugerente relato sobre la relación criminal que se establece entre la empleada del hogar de la familia de un rico industrial y una trabajadora de correos; No va más (Rien ne va plus, 1997) que gira en torno a una pareja de ladrones, separados por una diferencia de 30 años de edad, que se dedican a recorrer congresos para desplumar a los profesionales de alto rango que allí acuden; Gracias por el chocolate (Merci pour le chocolat, 2000) otra lúcida mirada crítica a la moral burguesa alrededor del matrimonio formado por la directora general de una empresa de chocolate y un prestigioso pianista interpretado por el cantante Jacques Dutronc; o Borrachera de poder (L’ivresse du pouvoir, 2005) en la que Huppert da vida a una juez de instrucción que investiga las irregularidades financieras de una gran empresa.
Una filmografía que se completa con La flor del mal (Le fleur du mal, 2002), perspicaz juego de intrigas y secretos del pasado que afloran en el presente de una familia acomodada; La dama de honor (La demoiselle d’honneur, 2004), relato sobre una enfermiza relación amorosa que derivará hacia acontecimientos insospechados y Una chica cortada en dos (La fille coupée en deux, 2007), de nuevo otro triángulo amoroso de consecuencias imprevistas.
Y después Bellamy (Bellamy, 2009), con el veterano Gerard Depardieu. Pero quiso la muerte convertirla en el punto final de una intensa carrera dedicada al cine.
Carlos Tejeda
copyright La hija de Laughton (Kane3)
NOTAS
[1] recogida por Aldo Viganò. Claude Chabrol. Madrid, Cátedra, 1999, pág. 36
OTROS FILMS DE CLAUDE CHABROL
- Les bonnes femmes (1960), con Bernadette Lafont y Stéphane Audran.
- Les godelureaux (1960), con Jean-Claude Brialy y Bernardette Lafont.
- L’oeil du malin (1961), con Jacques Charrier y Stéphane Audran.
- Ophélia (1962), con Alida Valli.
- La ligne de démarcation (1966) con Maurice Ronet y Jean Seberg.
- Champaña por un asesino (Le scandale, 1966), con Anthony Perkins, Maurice Ronet y Stéphane Audran.
- Doctor Casanova (Docteur Popaul, 1972), con Jean-Paul Belmondo, Mia Farrow y Laura Antonelli.- Nada (1973) con Maurice Garrel y Michel Duchaussoy.
- Les magiciens (1975), con Jean Rochefort, Gert Froebe, Franco Nero y Stefania Sandrelli.
- Alicia o la última fuga (Alice ou la dernière fugue, 1976), con Sylvia Kristel, Charles Vanel y André Dussolier.
- Le cheval d’orgueil (1980), con Jacques Dufilho y Bernadette Le Saché.
- Le sange des autres (1983), basada en la novela de Simone de Beauvoir e interpretada por Jodie Foster. Michael Ontkean, Lambert Wilson y Stéphane Audran
- Masques (1986), con Philippe Noiret.
- El grito de la lechuza (Le cri du bibou, 1987), con Christophe Malavoy y Mathilda May.
- Días tranquilos en Clichy (Jours tranquilles à Clichy, 1989), con Andrew McCarthy, Nigel Havers y Stéphane Audran.
- Doctor M (1989), con Alan Bates y Jennifer Beals.
- El infierno (L’enfer, 1993) a partir de un guión de Henri-Georges Clouzot, con Emmanuelle Béart.
- En el corazón de la mentira (Au coeur du mensonge, 1998), con Sandrine Bonnaire y Jacques Gamblin.





