Archivos para Marzo 2008

UN NARRADOR A CONTRACORRIENTE

Centenario de David Lean
(25 de marzo, 1908 – 16 de abril, 1991)

A David Lean le cambió la vida cuando miró su entorno a través del objetivo de la pequeña cámara que su tío le había regalado a la edad de 12 años. Pero la estricta educación que recibe le impedirá conocer la magia de la sala oscura hasta los 17 años, cuando un día decide saltarse sus clases para asistir a una proyección, descubriendo lo que tantas veces le había descrito en su infancia Mrs. Egerton, ama de llaves de la familia, y aficionada al cine. Entre sesión y sesión, y dada su negativa a ingresar en la universidad, el joven Lean comienza a trabajar con su padre como aprendiz de contable, empleo que acabará abandonando poco tiempo después para entrar en los Estudios Gainsborough. Allí desempeña diversas funciones subiendo poco a poco en el escalafón, lo que le permitirá conocer a fondo los entresijos del oficio.

Aspecto decisivo en su formación, al que se unirá una extrema meticulosidad como director que le llevará a controlar cada detalle de sus producciones. Minuciosidad que hizo espaciar cada vez más los períodos de tiempo entre sus rodajes, y por consiguiente, una filmografía que no supera los 15 títulos. Además, el espíritu de libertad creativa que corría por sus venas le impulsó a trabajar con productores independientes que, aunque pueda parecer lo contrario, le convirtió en un cineasta a contracorriente. Y no sólo por dicha actitud, sino por las circunstancias temporales en la que se desarrolló su carrera: para unos, sus superproducciones habían traicionado el aire intimista que desprendían sus largometrajes iniciales, mientras que otros las tildaban de academicistas, e incluso pasadas de moda, en una agitada época en la que surgían nuevas propuestas, totalmente opuestas a su concepción cinematográfica, como eran las de la Nouvelle Vague o el Free Cinema.

Sea como fuere, el caso es que en 1931, y tras pasar por algún que otro estudio, recala en la British-Dominion donde conocerá a Merill White quien será su maestro en el arte del montaje. Oficio que el joven Lean ejerce en varias películas, algunas de gran éxito como Pygmalion (1938), dirigida al alimón por Antony Asquith y el actor Leslie Howard, Major Barbara (Gabriel Pascal, 1941) o Los invasores (49º Parallel, Michael Powell, 1942), hasta que Noël Coward se cruza en su camino y le reclama para que co-dirija con él Sangre, sudor y lágrimas (In which we serve, 1942) que se convierte en un enorme triunfo de taquilla.

Y de ahí pasa a dirigir su primera película, La vida manda (This happy breed, 1944), una agridulce crónica sobre las vicisitudes de una humilde familia inglesa basada en una obra del citado Coward. Autor al que el cineasta inglés vuelve en sus dos siguientes adaptaciones: la comedia Un espíritu burlón (Blithe spirit, 1945) sobre un escritor, encarnado por Rex Harrison, al que le hace la vida imposible el espectro de su primera mujer; y Breve encuentro (Brief encounter, 1945), historia de amor que surge entre un hombre casado (Trevor Howard) y una mujer (Celia Johnson), también desposada, durante sus esporádicos encuentros semanales, acompañados por las notas del Concierto nº 2 de Rachmaninoff. Filme con el que Lean alcanza el reconocimiento internacional al obtener tres nominaciones al Oscar -mejor director, actriz y guión original- y recibir el premio de la Crítica del Festival de Cannes.

Consolidado como director, Lean lleva a la pantalla dos obras de Charles Dickens: Cadenas rotas (Great expectations, 1946) con la que cosecha un nuevo éxito que culmina con dos Oscars a la mejor fotografía y dirección artística. Y Oliver Twist (Oliver Twist, 1948), considerada la mejor adaptación cinematográfica sobre el universo dickensiano y su primera colaboración con el actor Alec Guinness, cuya interpretación del avaro judío Fagin ocasionó no pocas polémicas al ser acusada, desde algunos sectores, de antisemita. Pero su escasa repercusión en taquilla no impide al cineasta concebir nuevos proyectos: The passionate friends (1949), Madeleine (1950), La barrera del sonido (The sound Barrier, 1952), los tres protagonizados por Ann Todd, tercera mujer del cineasta en aquella época; y El déspota (Hobson´s choice, 1954) con esa célebre escena en la que el ebrio zapatero encarnado por Charles Laughton intenta atrapar la luna reflejada en un charco.

Locuras de verano (Summer madness, 1955), supone un giro en la carrera de Lean ya que rueda fuera de su país natal y en exteriores, rasgos que marcarán el resto de su filmografía, a la vez que le permiten satisfacer su otra gran afición: los viajes. El filme, que narra la peripecia veneciana de una mujer de mediana edad (Katharine Hepburn) con la esperanza de encontrar el amor que ponga fin a su soltería, recibe el aplauso general, además del comienzo de una estrecha y larga amistad con la actriz protagonista, quien le presentará a Sam Spiegel, un productor independiente con el que el cineasta firma dos excelentes y monumentales éxitos que acabarán siendo galardonados con siete oscars cada uno: El puente sobre el río Kwai (The bridge on the river Kwai, 1957) crónica bélica en la que el coronel Nicholson (Alec Guinness) y su batallón, prisioneros de guerra en un campo de concentración japonés, deben construir un puente ferroviario que acabará convirtiéndose para el oficial en una obsesión que simbolice el orgullo británico. Y Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962) adaptación del libro autobiográfico Los siete pilares de la sabiduría de T.H. Lawrence a quién encarnó, un por aquel entonces desconocido, Peter O´Toole. Film en el que el cineasta trabaja por primera vez con el escritor Robert Bolt -guionista en sus tres siguientes películas-, y Maurice Jarre que, desde ese momento, será su compositor habitual.

Su próxima aventura fílmica le lleva, entre otros lugares, a Madrid y Soria donde se construyen los decorados de Doctor Zhivago (Doctor Zhivago, 1965) adaptación de la novela de Boris Pasternak producida por Carlo Ponti. Una historia triangular formada por el médico Yuri Zhivago (Omar Sharif), su amante Lara (Julie Chistie) y su mujer Tonia Gromenko (Geraldine Chaplin) con la Revolución Rusa como telón de fondo que, a pesar de que no recibe el beneplácito de la crítica, logra la aclamación popular. Sin embargo, su siguiente título, La hija de Ryan (Ryan´s daughter, 1970), se convertirá en uno de los mayores sinsabores de Lean: a un complicado rodaje, plagado de problemas, se añadió, tras su estreno, el rechazo de la crítica y un estrepitoso fracaso comercial. Revalorizada con el tiempo, el filme es un sólido drama ambientado en una villa costera de la Irlanda de 1917 cuya protagonista, Rosy Ryan (Sarah Miles), se enamora de un oficial inglés (Christopher Jones) tras su desencanto matrimonial con un viudo cincuentón (Robert Mitchum), consumando el adulterio en el mismo momento en que el pueblo ayuda a un revolucionario del IRA en una descarga clandestina de armas.

Más de una década después, y tras frustrarse un proyecto sobre el motín de la Bounty -que finalmente rodará Roger Donalson en 1984 con Mel Gibson-, un ya septuagenario Lean se embarca en la que será su última película: Pasaje a la India (A passage to India, 1984), excelente adaptación de un relato de E. M. Forster, que significa, tras años de silencio, un reconocimiento público al director -con 11 nominaciones a los Oscars, obteniendo dos: a la mejor actriz secundaria (Peggy Ashcroft) y la banda sonora (Maurice Jarre)-, y al que le seguirán diversos homenajes, como el que le dedicó en 1990 el American Film Institute.

Sin embargo, desde 1986, entre distinciones y agasajos, el anciano director se había involucrado en el que sería su último proyecto, la adaptación de Nostromo, novela de Joseph Conrad, no sin pocos contratiempos. El último de ellos, cinco años después, fue una neumonía que bajó definitivamente el telón a su vida. La de un hombre que, lejos de encasillamientos y escuelas, fue, por encima de todo, un gran narrador.

Carlos Tejeda
Copyright La hija de Laughton S.L. (Kane3)

UN ESPÍRITU INDEPENDIENTE

Centenario de Robert Rossen
(16 de marzo, 1908 – 16 de febrero, 1966)

“El olvido, ese viejo remedio de la miseria humana” que dijo Alfred de Musset, ha envuelto la figura del guionista y realizador Robert Rossen, al igual que muchos otros creadores de talento. Un director cuya agitada peripecia vital, marcada por la tristemente célebre caza de brujas, no le permitió firmar más allá de una docena de guiones y dirigir tan sólo diez películas. Exigua filmografía, salpicada por varios proyectos frustrados, que se cerró tempranamente a causa de su prematura muerte a los 57 años de edad en 1966.

Pero ello no fue óbice para que Rossen rodase una serie de excelentes películas que pusieron de manifiesto su gran capacidad creativa, elevándole a la categoría de autor. De hecho se convertiría en uno de los primeros directores que, desde un principio, revindicarían su espíritu independiente, lo que le ocasionó no pocos problemas con los estudios. Largometrajes -una parte de ellos escritos por el propio Rossen[1]- que reflejaron, de una manera u otra, su dramática experiencia bajo el yugo del maccarthysmo, trazando lúcidas reflexiones que giran en torno al poder y a las oscuras artimañas que emplea el hombre para obtenerlo. Encarnizada lucha en la que sus personajes acabarán sacudidos por sus conflictos morales y devorados, algunos de ellos, por su propia ambición.

Tras escribir una serie de guiones -The roaring twenties (Raoul Walsh, 1939); The sea wolf (Michael Curtiz, 1941) o The strange love of Martha Ivers (Lewis milestone, 1946)-, Rossen se pone tras la cámara por primera vez con Johnny O’Clock (1947) un film noir interpretado por Dick Powell obteniendo un cierto éxito que le permitió afrontar su siguiente título, también bajo los parámetros del cine negro: la excelente Cuerpo y alma (Body and Soul, 1947), historia de un joven boxeador de origen humilde, cuyos deseos de fama y dinero colisionarán contra un mundo corrupto que, movido por sus intereses, recurre a las más turbias maniobras. Pero el gran éxito comercial de la película acabó empañado, poco tiempo después, por el comité de actividades antiamericanas, formado ese mismo año, cuando llamó a comparecer al propio Rossen, a John Garfield, su protagonista, y Abraham Polonsky, el guionista, circunstancias que afectaron trágicamente a sus respectivas carreras.

A pesar de ello, el director neoyorquino concibe su siguiente película, El político (All the king’s men, 1949), intenso relato sobre el ascenso de un político de provincias cuya moral se irá emponzoñando a medida que va alcanzando el éxito. El film ganó el oscar a la mejor película, al mejor actor, Broderick Crawford -que protagonizaría más tarde títulos de la altura de Deseos humanos (Fritz Lang, 1954) o Almas sin conciencia (Il bidone, Federico Fellini, 1955)- y a la actriz de reparto Mercedes McCambridge [2]. Galardones que suponían un reconocimiento hacia el director por parte de la industria pero que no evitaron que Rossen volviese a ser citado de nuevo ante los funestos tribunales del senador MacCarthy, tras haber rodado en Méjico un título menor The brave bulls (1951) ambientado en el mundo taurino.

Incluido en la Lista negra, lo que le llevó a un calvario marcado por los problemas económicos debido a la falta de trabajo, el director se ve abocado a un exilio que le conducirá a Europa. Periplo de seis años en el que rodará el melodrama alimenticio Mambo (1954) con Silvana Mangano y Vittorio Gasmann encabezando el reparto, Alejandro Magno (Alexander the great, 1956), de nuevo una reflexión sobre el poder y sus entresijos que contó con Richard Burton en el papel del conquistador macedonio y La isla del sol (Island in the sun, 1957) discreto melodrama interpretado por James Mason.

A su regreso a los Estados Unidos emprende una película ambientada en la revolución mejicana, Y llegaron a Cordura (They came to Cordura, 1959) no sin pocas amarguras debido, entre otras cosas, a la mutilación que sufrió el filme además de sus desacuerdos con el productor, algo que Rossen ya había sufrido en trabajos anteriores. El comandante Thomas Thorn (Gary Cooper) y sus hombres viajan a Cordura escoltando a Kay (Rita Hayworth), propietaria de un rancho que acaban de reconquistar, para juzgarla por colaborar con el enemigo. Pero Thorn, que arrastra un turbio pasado a sus espaldas por un acto de cobardía, se halla ante el dilema de escoger entre sus subordinados al merecedor de una condecoración. Soterrada insinuación sobre la caza de brujas en un film irregular que no fue bien recibido en taquilla.

 

Sin embargo los dos siguientes largometrajes de Rossen serán dos indiscutibles obras maestras. El buscavidas (The hustler, 1961) que relata la peripecia de Eddy Felson -papel que lanzó al Paul Newman al estrellato-, un arrogante jugador de billar que se dedica a desplumar a todo aquel que se enfrente a él. Pero su desmedida ambición por ser el mejor le lleva a enfrentarse al experimentado Gordo de Minnessota (espléndido Jackie Gleason) sin importarle el precio que tenga que pagar por ello, incluido el amor por una mujer (Piper Laurie). Agria parábola en la que el cineasta vuelve a retratar la miseria de la naturaleza humana y sus conflictos morales en la penumbra de sórdidas salas de billar.

Enfermo, Rossen aún tiene fuerzas para escribir y filmar un nuevo título con el que da un giro radical en obra: Lilith (Lilith, 1964) en la que, lejos de su temática habitual, narra la historia de Vincent (Warren Beatty), un joven que por su intención de ser útil a los demas entra a trabajar en un sanatorio mental y cuya atracción por una de las internas, Lilith (Jean Seberg), le arrastrará hacia la locura. Brillante filme en el que el director vuelve a radiografiar las entrañas del ser humano y sus disyuntivas emocionales a través de unos personajes que navegan entre el deseo y la culpa.

Pero Lilith se convirtió en el testamento fílmico de un hombre devorado por el dolor. Y no sólo por el físico, consumido por la enfermedad en sus últimos años, sino también el psíquico. Ese que le provocaron sus amargos recuerdos de su paso por los tribunales y que le acompañaron durante la mayor parte de su vida.

Carlos Tejeda
Copyright La hija de Laughton S.L. (Kane3)

NOTAS
[1] Guiones enteramente suyos dirigidos por él mismo fueron Johnny O”Clock, basado en un argumento de Milton Holmes; El político, según la novela de Robert Penn Warren; Alejandro Magno y Lilith, a partir del libro de J. R. Salamanca. En colaboración con Ivan Moffat escribió They came to Cordura basada en una novela de Glendon Swarthout y con Sidney Carroll concibió el libreto de El buscavidas basado en el relato de Walter Tevis.Salvo Mambo, cuya escritura compartió con Ivo Perilli, Guido G. Rosson y Ennio de Concini basados en un argumento de éste último, el resto de sus películas fueron guiones ajenos: Abraham Polonsky firmó el de Cuerpo y alma, John Bright, basado en la novela de Tom Lea, el de The brave bulls y Alfred Hayes, según el libro de Alec Waugh, el de La isla del sol.

[2] All the king’’s man fue el primer papel de Mercedes McCambridge (1916-2004) para el cine, una actriz que, a pesar de no haberse prodigado demasiado en la gran pantalla, participó en algunos clásicos como Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954), Gigante (George Stevens, 1957), Sede de mal (Orson Welles, 1958) o De repente el último verano (J. L. Mankiewicz, 1959).


Contacto