LA FASCINACIÓN DE ANA

El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973)
En homenaje a Fernando Fernán Gómez 

El cine ambulante llega a un diminuto pueblo levantado en medio de la nada. En “un lugar de la meseta castellana hacia 1940″, según reza un rótulo al comienzo del filme. Es, junto al ferrocarril en el que deposita Teresa (Teresa Gimpera) sus cartas, la única conexión física del villorrio con el mundo exterior.

La camioneta de los sueños en celuloide ha venido. Y los niños se acercan a ella tras detenerse en la pequeña plaza de tierra. El orondo empresario les dice que trae “la película más bonita que existe”. Mientras, su ayudante descarga el material de la proyección en la austera sala del ayuntamiento. Por la tarde, se apagan las luces y nace la magia: El doctor Frankenstein (James Whale, 1931). Entre el atónito público, dos hermanas de corta edad embelesadas con las imágenes en blanco y negro que acarician la pantalla: Ana (Ana Torrent) e Isabel (Isabel Tellería). Al mismo tiempo su padre, Fernando (Fernando Fernán Gómez), cuida sus colmenas. Esas cuyas estructuras hexagonales son similares a las rendijas de las ventanas del caserón familiar.

Pero Ana se obsesiona con Frankenstein. Y esa noche, bajo las sábanas, le pregunta a su hermana entre susurros por qué el monstruo mata a la niña y después acaban con él. A lo que ésta responde que sigue vivo ya que en el cine todo es mentira; y que ella lo ha visto en una casa abandonada que hay en las afueras del pueblo; y que si quiere hablar con él, sólo tiene que cerrar los ojos y llamarle. Y luego, esa casa, con un pozo al lado y en mitad de un estéril paraje; o el reloj de cadena de Fernando que, cuando se levanta su tapa, suena una melodía; o la hoguera que saltan Isabel y otras niñas, y las abejas, las setas, el prófugo…

Porque El espíritu de la colmena es una fábula sobre la imaginación, pero también sobre la fascinación de la mirada, auténtico leit motiv de la película. Erice mira a los seres que miran. Ya los dibujos infantiles de los títulos de crédito -avance asimismo de lo que va a contemplar el espectador-, con ese “Erase una vez…” que se superpone en el último de la serie, revelan que esa mirada, la que escoge el director, es la de una niña. De ahí el cuidado con que se bosquejan los detalles para plasmar el mundo según lo percibe la pequeña: no se sabe del remitente desconocido a quien escribe la madre, ni lo que el noctámbulo padre escucha en los auriculares de su radio, o cuales son sus pensamientos mientras pasea de un lado a otro de su estudio silbando “Caminito” -el tango de Gardel [1] que tanto amaba el actor y que le despidió en sus exequias-. Pinceladas que, precisamente por ser eso, magnifican el relato. 

Lo esencial es la mirada de Ana, la que permite al director vasco construir un relato a través de la sugerencia, invitando al espectador a soñar, a imaginar como Ana, incluso a comprender como ella, aunque sea a su manera, lo que le ofrece ese entorno rural en el que vive la chiquilla. De esos padres marcados dramáticamente por una guerra y de los que la niña descubre, en ese viejo álbum de fotografías, que hubo unos tiempos felices: él, al lado de intelectuales de la talla de Unamuno, y ella, sonriendo, con esa dedicatoria escrita de “A mi querido misántropo. Teresa”.

Y no sólo son los ojos de Ana, también los que la maestra (Laly Soldevila) manda colocar a la niña en Don José, el muñeco que tienen en la clase de su colegio; los de Fernando al enseñar a sus hijas el Jardín de las Setas; los de Teresa en el amanecer, tendida en la cama, mientras su marido se acuesta tras una noche más de reflexión; o los del pueblo, asombrados al contemplar la escena de la niña y el monstruo de Frankenstein arrodillados en la orilla del río.

Miradas que Erice potencia con los silencios, los parcos diálogos y la música de Luis de Pablo: a veces es una flauta solista acompañada por un piano, otras una guitarra recuperando conocidas melodías infantiles. Y algún que otro soliloquio en voz en off, como esa desgarradora metáfora sobre la sociedad que escribe el taciturno Fernando: “Alguien a quien yo enseñaba últimamente en mi colmena de cristal el movimiento de esa rueda tan visible como la rueda principal de un reloj. Alguien que veía a las claras la agitación innumerable de los panales, el zarandeo perpetuo, enigmático y loco de las nodrizas sobre las cunas de la mirada, los puentes y escaleras animados que forman las cereras, las espirales invasoras de la reina, la actividad diversa e incesante de la multitud, el esfuerzo despiadado e inútil, las idas y venidas con un ardor febril, el sueño ignorado fuera de las cunas que ya acecha el trabajo de mañana, el reposo mismo de la muerte alejado de una residencia que no admite enfermos ni tumbas. Alguien que miraba esas cosas, una vez pasado el asombro, no tardó en apartar la vista en la que se veía no sé que triste espanto”.

Pero la mirada de la niña, la de la infancia, es muy diferente: se eleva por encima de la dramática realidad, de los áridos paisajes, de la grisácea atmósfera que envuelve el entorno. Pues la película, además de otras muchas cosas, es un elogio a la imaginación. Al fin y al cabo, tan solo basta con cerrar los ojos.

Carlos Tejeda
Copyright La hija de Laughton S.L. (Kane3)

NOTA
[1] Aunque Carlos Gardel hizo célebre Caminito, el tango fue compuesto por Juan de Dios Filiberto (música) y Gabino Coria Peñaloza (letra). Información que me ha enviado amablemente Diego Papic desde Argentina junto con este link que ofrece más datos sobre la historia de dicho tango y sus autores: http://www.todotango.com/spanish/biblioteca/cronicas/caminito.asp

El espíritu de la colmena (1973)
Director: Víctor Erice.
Guión: Víctor Erice y Ángel Fernández-Santos.
Fotografía: Luis Cuadrado.
Música: Luis de Pablo.
Montaje: Pablo G. del Amo.
Intérpretes: Fernando Fernán Gómez (Fernando), Teresa Gimpera (Teresa), Ana Torrent (Ana), Isabel (Isabel Tellería), Laly Soldevila (Doña Lucía), Miguel Picazo (Doctor), Juan Margallo (Prófugo).

1 Respuesta a “LA FASCINACIÓN DE ANA”


  1. 1 Eli 2 Mayo, 2009 a las 7:43 pm

    Erice y su gran dominio de los silencios. Es una lástima que no le permitan llevar a cabo más proyectos por su particular ritmo de trabajo. Me ha gustado tu fascinación de Ana.


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