UNA IRÓNICA MIRADA DE LA VIDA MODERNA

En el centenario de Jacques Tati 
(9 de octubre, 1907- 5 de noviembre, 1982) 

Según cuentan algunas crónicas, a Emmanuel Tatischeff se le aguó la velada en la que descubrió a su hijo haciendo pantomimas en el escenario del restaurante al que había acudido a cenar. El furibundo progenitor tampoco sabía hasta entonces que, desde hacía bastante tiempo, su vástago no sólo realizaba imitaciones en los vestuarios cuando jugaba al rugby en el equipo Rancing Club de Paris (entre 1928 y 1934), sino que se había ido labrando una sólida experiencia teatral a través de numerosas actuaciones humorísticas en pequeños locales. Los deseos paternos de que el joven continuase con el negocio familiar se vinieron abajo y el suceso le supuso, tras una monumental bronca, su correspondiente expulsión del domicilio familiar. Hechos que llevaron al joven Jacques Tati -en aquella época ya se había acortado el apellido para sus espectáculos- a una independencia forzosa, no sin dificultades económicas, iniciando lo que sería más tarde una exitosa carrera en el mundo de las variedades.

Pero lo que el contrariado patriarca no llegó a imaginar en aquel momento es que su hijo, con tan solo seis únicos largometrajes, se convertiría en uno de los iconos del cine cómico francés. Además, Tati fue un creador autodidacta, pues no tuvo formación teatral, ni tampoco pasó por escuela de cine alguna. Su experiencia con la cámara simplemente se reducía a varios cortometrajes como director e intérprete -Soigne ton gauche (1936) o L´école des facteurs (1947)- y un par de papeles secundarios en dos filmes de Claude Aunt-Lara -Silvia y el fantasma (1945) y El diablo en el cuerpo (1946)-, cuando comenzó el rodaje de su primera película, la excelente Día de fiesta (1949). Filme que ya ponía de manifiesto, no sólo su enorme talento visual, sino un gran dominio del lenguaje narrativo que le elevarían a la categoría de autor.

Salvo los roles que abrieron y cerraron su filmografía, el del cartero François en la citada Día de Fiesta, única película de Tati que transcurre en un entorno rural y el de Monsieur Loyal en Zafarrancho en el circo (Parade,1973) su última película, los otros cuatro títulos restantes los protagonizaría bajo la piel de ese personaje de su invención que respondía al nombre de Monsieur Hulot. Un hombre espigado, embutido en una eterna gabardina y cuya inconfundible fisonomía la completaba una incombustible pipa permanentemente insertada en su boca y unos pantalones que terminaban por encima de los tobillos. Con ciertas dosis de excentricidad, un tanto bohemio y aparentemente inofensivo, Hulot viene a ser el elemento subversivo que altera el orden preestablecido de una comunidad, como sucede en Las vacaciones de Monsieur Hulot (1953), film en el que aparece su figura por primera vez y cuya presencia tambalea la tranquilidad estival de un pueblecito costero. En otras palabras, una cáustica parábola en la que Tati se burla sutilmente de la rigidez y los convencionalismos de una sociedad atrapada en sus propias normas.

Pero Hulot también es un ser inadaptado que se resiste a los cambios tecnológicos, aunque en ciertos momentos se deje llevar por la curiosidad que estos le provocan. Situaciones que aprovecha el cineasta para trazar una aguda crítica contra los diversos aspectos de la sociedad moderna: desde el progreso mismo hasta los “nocivos” efectos que causan en el hombre. Es decir, el mundo de las apariencias, en el que vive el pomposo matrimonio burgués propietario de una sofisticada casa de diseño dotada con innovadores avances técnicos en Mi tío (1958). Vacua fachada tras la que se ocultan inconscientemente unos cónyuges sumidos en la insatisfacción y el aburrimiento e incapaces de comunicarse incluso con su propio hijo pequeño. De hecho, la secuencia de la visita de sus amigos es un mordaz tratado sobre la frivolidad, el esnobismo y el fingimiento.

Actitudes que el director francés vuelve a retratar satíricamente en ese escaparate sobre la sandez humana que es Playtime (1967), donde las paredes acristaladas, tanto de oficinas como de viviendas, permiten a Tati dibujar un lúcido fresco sobre la superficialidad que envuelve a la sociedad actual. Mosaico a su vez plagado de incisivos detalles como, por ejemplo, ese grupo de turistas cuyo viaje a París se limita a un recorrido por ese distrito moderno donde se desarrolla la película. Vacuidad que el cineasta lleva mucho más lejos a través de la metáfora: los monumentos distintivos de la ciudad son simples reflejos en los cristales de las puertas o ventanas de los edificios que visitan con asombro dichos viajeros. Espíritu que desprendeTraffic (1971), su siguiente trabajo y última aparición de Hulot en el celuloide, y en la que el cineasta esboza una nueva alegoría sobre el hombre atrapado por sus propios inventos, sólo que ésta vez, el escenario es el mundo del automóvil. Dos radiografías que, a pesar de los años transcurridos desde sus respectivos rodajes, no han perdido hoy un ápice de actualidad.  

Universo que Tati crea a través de ingeniosos gags, en muchos casos reducidos a una mínima expresión. A lo que se suma una elaborada puesta en escena que funciona como un mecanismo de relojería: desde las acciones paralelas entre diversos personajes en un mismo encuadre, hasta la calculada sincronización con que se mueven las multitudes, o determinados elementos caso de los automóviles, sin perder al mismo tiempo el equilibrio compositivo de la imagen. Retablos corales sobre la vida cotidiana, en los que Hulot es un individuo más del paisaje humano, aunque sea el hilo conductor de la historia y el detonante que desmorone la aparente estabilidad del entorno. Escenas costumbristas por otro lado enriquecidas con infinidad de pequeños detalles que el cineasta observa desde la distancia, es decir, a través encuadres abiertos o vistas generales, utilizando apenas primeros planos.

Películas que Tati estructura a modo de sinfonías visuales, no sólo en cuanto a su aspecto estético, sino en el sonoro. Filmes parcos en diálogos en los que incluso el propio Hulot apenas emite algún que otro monosílabo en beneficio de la mímica, que es el verdadero lenguaje de expresión a lo largo de sus tramas. Aparte de los escasos temas musicales empleados, que discurren entre estructuras jazzísticas y armonías populares francesas, el cuidado manejo del sonido adquiere una relevancia mayor, pues son los ruidos los que van acentuando los distintos golpes de efecto: pisadas, choques, chasquidos, bocinazos, crujidos, timbrazos, etc, que forman parte esencial de una calculada banda sonora muy cercana a las propuestas atonales de compositores como Karl Heinz Stockhausen o John Cage.

Lejos del éxito de sus anteriores filmes, como Mi tío que fue premiada en Cannes y ganó el Oscar a la Mejor Película Extranjera, Playtime y Traffic fueron rotundos fracasos de taquilla a pesar de su indudable calidad. Y aunque Parade ofrece muestras de talento, sin embargo no llega a alcanzar la brillantez de sus anteriores trabajos. Además sus fotogramas ofrecen a un envejecido y desmejorado Tati debido en parte a sus crecientes problemas de salud. Aún así, el septuagenario cómico escribió un nuevo guión, al que había bautizado con el título de Confusión. Pero la muerte tampoco le dejó siquiera encender de nuevo su pipa.

Carlos Tejeda
Copyright La hija de Laughton S.L. (Kane3)

Web oficial dedicada al cineasta: www.tativille.com

Largometrajes de Jacques Tati:
- Día de fiesta (Jour de fête, 1949) 
- Las vacaciones de monsieur Hulot (Les vacances de M. Hulot, 1953)
- Mi tío (Mon oncle, 1958)
- Playtime (1967)
- Trafic (1971)
- Zafarrancho en el circo (Parade, 1973)

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